(38* Alejandra Moglia: Tres libros de Horacio Clemente * La memoria y el sol) * Leer para descreer

38*     La página que a partir de esta introducción reproduzco  aquí en forma completa contiene  lo que la amiga Alejandra Moglia escribió  en  su Blog hace algunos años. Un blog que tiene miles de lectores y que se llama “La memoria y el sol”.

Comento que a raíz de dicho Blog, las pocas veces que nos vimos personalmente con Alejandra, nunca le pregunté  cómo se le ocurrió ese título tan misterioso. 

Sol y memoria. ¿Qué puede sugerirme?

Me pregunto qué sería de nosotros sin memoria; qué sería de nosotros, la Tierra entera, sin sol.

Hoy sabemos que en algún momento la inexorable circunstancia de no tener más sol se producirá; y se da la paradoja de que es la memoria  quien, invirtiendo su recorrido, nos hace presente de tanto en tanto no lo que sucedió, sino lo que sucederá.  

“La memoria y el sol”; ¡qué conjunción poética, qué título!

(Me vendrá bien tener su escrito a la vista y releerlo de cuando en cuando para saber mejor qué y cómo escribo.)

*****

Reproducción  descargada del Blog de Alejandra Moglia:

La memoria y el sol

LIJ – Ilustración

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La memoria y el sol

18 FEBRERO 2014 DE ALEJANDRA MOGLIA

Tres libros de Horacio Clemente

Memoria y sol 3 librosw

Los tres libros a los que me referiré en esta entrada son Historias con perros y gatosAmores imposibles y otros encantamientos, y El pueblo de San Perro.

Historias con perros y gatos con ilustraciones de Leo Arias ha sido publicado por Macmillan-Estrada en su colección Azulejos – Niños. La obra contiene seis cuentos cuyos protagonistas –como el mismo título lo señala- son perros y gatos. Desde la mirada de estos protagonistas el lector podrá reflexionar sobre sus propios deseos, miedos, incertezas y alegrías.

Amores imposibles y otros encantamientos lo editó Colihue en su colección Libros del malabarista. La ilustración de tapa pertenece a Gustavo Roldán. Se trata de cinco cuentos marcados por una intertextualidad que remite muy especialmente a los cuentos clásicos y maravillosos.

El tercer libro es más reciente, se publicó el año pasado. Se trata de El pueblo de San Perro, ilustrado por Pepe Fainberg y publicado por Ediciones Las Bestias Peludas. El título del libro se corresponde al título del primer cuento incluido en esta edición. El otro relato es Crónicas de un cazador. Son dos cuentos sumamente inquietantes en los cuales Horacio Clemente desarrolla con profunda ironía su mirada sobre los seres humanos y la historia.

Como no podía ser de otro modo, la poética del autor atraviesa cada uno de estos relatos. Resumiendo, los elementos que caracterizan su obra y que están íntimamente relacionados entre sí son el humor, la ironía y tragicomicidad, la crítica social y política, las referencias a la oralidad, la intertextualidad.

En una entrevista que Alejandro Seta le hizo a Horacio Clemente para el diario Tiempo Argentino, le preguntó acerca de la importancia que tuvieron sus versiones de algunos relatos de Las mil y una noches en la colección Cuentos de Polidoro. El autor señaló, entre otras cuestiones, lo siguiente:

Yo escribo para los chicos de la calle. No son cuentos para vender en los colegios, sino en los kioscos. Si son más vitales es porque no están condicionados por la educación, la conducta, lo que se debe hacer, estudiar, leer. Están escritos para chicos que viven. Yo me crié en la calle, fue mi segundo hogar. Era más libre, más espontáneo, más vital.

Para más adelante agregar casi al final de la entrevista:

(…) lo que vende: “La muerte no existe, tengo que ser optimista, ¡tú puedes!” Y yo tengo una visión pesimista con respecto al destino del hombre. Por eso es muy difícil escribir para chicos, sobre todo para los más chiquitos, porque como adultos escribimos de las cosas que a nosotros nos preocupan, pero ¿nos preguntamos qué es lo que le puede preocupa a un chiquito de tres años?

Por eso el autor no habla de LIJ sino de LIJATE, una sigla inventada por él que significa Literatura Infantil Juvenil Adulto Tercera Edad.

Dice Clemente:

Es irónica, pero explica una verdad. Hay cuentos que juntan a un chico y a un adulto porque los dos disfrutan. A nosotros nos pasa como lectores, Y eso es lo que me gusta escribir, LIJATE. Para el chico y para el padre. Cuando escribo pienso en un lector ideal, y muchas veces soy yo, o ese chico que soy yo. Un buen ejemplo de esto me parece un cuento que mi nieta le pide a su mamá que le lea todas las noches, y que es un cuento de Adela Basch, “Todo en tren”, donde el humo del tren va formando palabras y las va transformando. Cuando lo leí me emocionó! También sucede con poemas de Gabriela Mistral que me resuenan como rondas de niños, como “Canciones de cuna”, “Rondas”, “La desvariada”, “Jugarretas”, “Cuenta-Mundo”, “Casi escolares”, e “Íbamos a ser reinas”. Esos poemas sí son como para que también los muy niños puedan escucharlos, recitarlos por sus mayores, y los mayores los vamos a recibir, al leerlos, con emoción, porque además de ser tan afectivos están muy bellamente escritos. Al volver a leerlos me resonaron como ayer, y allí encuentro sin duda esa literatura que no es para ninguna edad en particular, porque el ser humano está en ella.

De lo dicho en estos fragmentos de la entrevista me interesa destacar lo siguiente:

  • Cuentos vitales, no condicionados por la educación, la conducta, el deber de…

  • Visión pesimista con respecto al destino del hombre, dificultada para escribir para chicos, al menos lo que se espera que se escriba para chicos por parte de algunos sectores.

  • LIJATE, una sigla referida una literatura para tod@s, independientemente de la edad. Literatura que no es para ninguna edad en particular porque el ser humano está en ella.

Estos tres aspectos destacados confluyen en su poética y tienen estrecha relación con los elementos mencionados anteriormente.

Jacqueline Held [1] nos dice que el humor supone una contradicción de naturaleza interna para más adelante agregar que

El espíritu humorista, como el espíritu irónico, es un espíritu que puede jugar, que tiene juego. Un espíritu no dogmático. Un espíritu abierto, disponible.

También señala que

A la edad en que el niño pequeño aún manifiesta predilección por las historias de animales, aceptará a la perfección la proyección en el héroe principal del álbum – animal-niño – no sólo de sus propios problemas y temores, sino de sus pequeñas ridiculeces y defectos varios: se reconocerá y divertirá, mientras que rechazaría una crítica moralizante. [2]

En los libros aquí mencionados el humor recorre las historias que se cuentan. En Historias con perros y gatos, los miedos, cavilaciones, ansiedades, tristezas, alegrías, egos que forman parte de la diversidad de los seres humanos independientemente de su edad se plasman en los protagonistas cuadrúpedos de esta historia. Chicos y grandes podrán verse reflejados en los relatos aquí contados en los cuales la ternura tiene un lugar central junto al humor. Las actitudes ridículas, ingenuas, mezquinas, amorosas provocan risa y reflexión.

En el cuento Perro grande, gato chico el narrador de la historia es el mismo perro que se presenta así:

El gato de al lado tiene once meses y es lo que se dice un chico. Le gusta jugar y juega como chico. Yo soy perro y grande, le llevo dos años. [3]

El perro narra las vicisitudes que, según cuenta, debe padecer por culpa de este gato que se las trae y que por ser más chico que él todo el mundo consiente.

Del techo en que estaba quiso volar hasta la terraza de enfrente igual que Batman. Cayó como una bolsa de papas, en medio del vuelo. No cayó sobre la vereda, cayó encima de mí. Casi me quiebra la espalda.[4]

Si el gato de este cuento es muy travieso, el protagonista de El gato que se conocía a sí mismo es un personaje extremadamente reflexivo, con profundas cavilaciones filosóficas, que había hecho propio el imperativo Conócete a ti mismo.

Soñando con esta frase y con la tarea de indagarse para no confundirse y creer que se conocía a sí mismo cuando en realidad no se conocía, un día se dijo: “No tengo problemas, yo sé que me conozco a mí mismo”. [5]

La tragicomicidad se maniesta en varios de los relatos incluidos en estos libros. En El perro que era todo un hombre, el humor permite sobrellevar la tragedia personal y social de aquellos que incapaces de conmoverse frente al sufrimiento de los demás, están ávidos de explotarlos y acumular riquezas. Así, Duro, el protagonista de este cuento, es un perro guardián que no lloraba por nada del mundo y al que le encantaba acumular huesos –los suyos y los de los otros-.

Duro logró que su dueño permitiera entrar en la casa a los otros perros. Estos consideraron que, al fin y al cabo, Duro los estimaba y que algún cariño les tenía. Pero no lo hizo por eso, sino para que, si querían entrar y subir a la cama o a los sillones como hacía él, le trajeran más huesos. [6]

Marc Soriano dice que

De hecho, al poner de manifiesto un contraste, un absurdo manifiesto, “lo cómico” permite cuestionar no sólo la pena o la preocupación sino toda la realidad. Engendra una impresión de gratuidad que se irradia sobre todo el universo que nos rodea, lo que nos dispensa, al menos por un instante, de sufrir el peso de las angustias que nos agobian y, en particular, de creer en la muerte. [7]

Jacqueline Held se refiere a la ironía de este modo:

A menudo más dura, cáustica, despiadada, la ironía se definirá casi siempre como un tipo de relato que hace escuchar una verdad fingiendo decir lo contrario. [8]

En Cuento didáctico el protagonista llamado Lázaro encuentra en un envase de crema para afeitar un genio que cumple sus deseos.

En relación a Lázaro, el narrador nos dice que

Andaba tan en la mala el pobre que los vecinos justamente, con ese ingenio que tiene la buena gente de barrio, le decían “El muerto que camina”. [9]

La crítica política y social y la intertextualidad son manifiestas en este cuento así como en los otros incluidos en estos libros.

Habían tenido como doce o noventa hijos (las estadísticas demuestran que los pobres dan a luz a montones) pero como no habían sabido ponerles límites eran todos una sarta de sinvergüenzas. Eran malos, egoístas y haraganes y no se acordaban de los pobres viejitos ni por casualidad. (En: Cuento robado) [10]

Alusiones a la Argentina de los 90, a la situación de los jubilados, a la devastación del medio ambiente, a las crisis económicas generadas por los centros de poder y también a las miserias humanas y prejuicios de todo tipo atraviesan las historias. Las situaciones desopilantes, el disparate generan la risa y nos permiten relajarnos frente la terrible realidad planteada y reflexionar críticamente.

Por medio de la intertextualidad recrea los cuentos clásicos y maravillosos o toma elementos de ellos haciendo alusión al imaginario actual y situándolos en un nuevo escenario en donde la globalización y las crisis económicas han hecho estragos.

Así las cosas le dijo un día su mujer: “¿por qué no vas a pescar? Te traés unos bagrecitos, hacemos un lindo caldo con arroz y maíz, unas cebollitas, media damajuana de vino suelto y con eso tiramos una semana entera”.

-¿A dónde voy a ir si la Costanera está casi toda privatizada y el río está contaminado?

– Andáte al Tigre; allí vas a encontrar un lugarcito libre. Y por lo de la contaminación no te preocupes, que si hervimos el pescado dos o seis horas y lo lavamos con lavandina no va a quedar virus que nos mate. (En: Un hombre al que le picaba el bagre) [11]

También hay alusiones a la forma de vida posmoderna, a la frivolidad, a la superficialidad, al consumo, al deseo de ser hermoso y joven, a la presión que ejercen los medios en los ideales de belleza.

-Esto es muy lindo, sabés, pero cuando me miro al espejo y me veo todas estas arrugas me viene la depre. Yo ya estoy en la tercera edad y en cualquier momento me mandan a la cuarta. ¿No se puede hacer nada?

-¿Por esa pavada se preocupa, con lo adelantada que está la ciencia?

El genio sacó entonces un bisturí, lo movió en el aire de arriba abajo y después llevó a don Lázaro frente a un espejo.

-¡Qué varón, hermano, qué varón! –gritó cuando se vio con la cara nueva- ¡Sos un genio, viejo! (En: Cuento didáctico) [12]

En estos cuentos es interesante remarcar además el componente transgresor, la metáfora política y social de la Argentina de los 90. Clemente no escatima en dar nombres: hay referencia directa -con apellido incluido- a Cavallo, a Dromi, a organismos como el FMI, entre otros.  Estos relatos se constituyen, además, en una metáfora de la hipocresía social y todos los prejuicios que se manifiestan.

Es de destacar, a partir del fragmento citado del diálogo entre Lázaro y el genio -y que se hace extensivo a los otros relatos-, el lenguaje coloquial utilizado por el autor, las formas de decir del porteño. También, la revalorización que hace el autor de la tradición oral. En sus relatos hay permanentes alusiones a la oralidad aunque de manera irónica y poniendo en cuestión lo que se dice.

Volviendo a la intertextualidad, hay otras referencias a los cuentos clásicos y maravillosos en donde el humor disparatado y los nuevos escenarios recrean la oralidad. Cuento didáctico, por ejemplo, pone en un nuevo escenario –y envase- a un genio como el de la lámpara de Aladino.

– ¡Pero si Aladino no tuvo ese inconveniente!

-Era otra época, cuando las cosas se fabricaban para durar; negocios son negocios; usted sabe cómo es este asunto de la sociedad de consumo. (En: Cuento didáctico) [13]

Este mismo cuento alude, también, a la historia bíblica de Lázaro.

Por otra parte,  El gato que se conocía a sí mismo nos remite a El Quijote (y a la filosofía de los presocráticos) y el cuento El desván alude a El soldadito de plomo de Andersen. En este cuento no es el humor el que tiene el protagonismo; por el contrario está presente esa belleza melancólica del cuento original de Andersen:

Nunca más oyó venir rumor alguno del desván. Nunca más se transformó su personalidad. Más aún: cierta noche, mucho tiempo después, entró en aquella habitación y la encontró casi desnuda. Ningún juguete. Algunos trastos y unas pocas fotografías. [14]

Otro aspecto para remarcar es la crítica –siempre a través de la ironía- que el autor hace de lo moralizante y el didactismo.

En El pueblo de San Pedro, el autor manifiesta de manera más punzante –como lo señaló en la entrevista mencionada- esa visión pesimista de la humanidad y de la historia.

Cuando llegaron los primeros perros, es decir los fundadores de San Perro, mataron a todos los gatos y se quedaron ahí.

Sin embargo estos perros no eran criminales: mataron a los gatos simplemente para quitarles el lugar. [15]

Los datos que presenta el narrador al iniciar el relato son ambiguos y vagos:

No se conoce con exactitud el origen del nombre de ese pueblo habitado exclusivamente por perros. Y no vaya a creerse que se trata de un pueblo grande, sino de apenas veinte o treinta habitantes. [16]

El cuento se constituye en una distopía pero al igual que en los otros relatos, el humor y, en este caso en particular, la ironía es salvadora.

En Crónicas de un cazador, el narrador venido a cronista nos dice:

Podría decirles cuántos indios cacé en mis arriesgadas y solitarias hazañas. No piensen que perdí la cuenta o que olvidé la cantidad. Me lo callo por discreción y porque soy una persona de honor. [17]

Estos dos cuentos son una metáfora política del mundo, de la opresión generada por el poder en sus múltiples expresiones, también de la hipocresía.

Crónicas de un cazador alude a las conquistas del desierto y se constituye en una alegoría del pensamiento perverso, mezquino y siniestro que todavía hoy muchos sostienen de manera hipócrita.

Como señala Soriano [18] la doble función de lo cómico permite, por un lado, tomar distancia y desmitificar un prestigio o autoridad (a través de la parodia) y por otro destensar una situación explosiva, socializar al individuo reduciendo su agresividad (a través de la ironía).

En este sentido hay que tener presente que el humor, la risa que genera nos convierte en individuos con una mirada más amplia, más profunda, más diversa. Nos ayuda a liberar tensiones y a reflexionar sobre nosotros mismos y el mundo desde otro lugar más libre, nos posibilita cuestionar la realidad y nos ayuda a desarrollarnos más armónicamente. La niña, el niño que crece desde la libertad del juego y el humor tendrá la posibilidad de, al decir de Soriano[19]convertirse en alguien capaz de transformar el mundo.

Por esto los cuentos escritos por Horacio Clemente son vitales, no están condicionados por la educación ni por los deberes a cumplir, ni por la edad del lector, no domestican. Se trata de observar y reflexionar desde esa distancia y esos caminos que el humor y los juegos del lenguaje junto a la ternura nos ofrecen para poder ver aquello que lo moralizante, lo estrictamente académico, lo prejuicioso, lo rígido y el poder nos esconden.◘AM.

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[1] Held, Jacqueline. Los niños y la literatura fantástica: función y poder de lo imaginario. Barcelona: Paidós, 1977, p. 143.

[2] Held, Jacqueline. Op. Cit., p.145

[3] Clemente, Horacio. Historias con perros y gatos. Buenos Aires: Estrada, 2012 (Azulejos-Niños), p. 29

[4] Clemente, Horacio. Op. Cit,  p. 31

[5] Clemente, Horacio. Op. Cit,  p. 43

[6] Clemente, Horacio. Op. Cit,  p. 63

[7] Soriano, Marc. La literatura para niños y jóvenes: guía de exploración de sus grandes temas. Buenos Aires: Colihue, 2010, p. 362

[8] Held, Jacqueline. Op. Cit., p.143

[9] Clemente, Horacio. Amores imposibles y otros encantamientos. Buenos Aires: Colihue, 2012 (Libros del malabarista), p. 72

[10] Clemente, Horacio. Op. Cit., p. 83

[11] Clemente, Horacio. Op. Cit., p. 53

[12] Clemente, Horacio. Op. Cit., pp. 76-77

[13] Clemente, Horacio. Op. Cit., p. 78

[14] Clemente, Horacio. Op. Cit., pp. 23-24

[15] Clemente, Horacio. El pueblo de San Perro. Alejandro Korn: Las Bestias Peludas, 2013, p. 15-17

[16] Clemente, Horacio. Op. Cit., p. 9

[17] Clemente, Horacio. Op. Cit., p.28

[18] Soriano, Marc. Op. Cit., pp . 364-365

[19] Soriano, Marc. Op. Cit., p . 368

 Bibliografía

Clemente, Horacio. Amores imposibles y otros encantamientos. Buenos Aires: Colihue, 2012 (Libros del malabarista)

Clemente, Horacio. Historias con perros y gatos. Buenos Aires: Estrada, 2012 (Azulejos-Niños)

Clemente, Horacio. El pueblo de San Perro. Alejandro Korn: Las Bestias Peludas, 2013

Held, Jacqueline. Los niños y la literatura fantástica: función y poder de lo imaginario. Barcelona: Paidós, 1977

Seta, Alejandro. Horacio Clemente: “Escribo cuentos para chicos vitales, no para escolares”. En: Tiempo Argentino, 20 de agosto de 2011. Disponible en: http://tiempo.infonews.com/notas/escribo-cuentos-para-chicos-vitales-no-para-los-escolares

Soriano, Marc. La literatura para niños y jóvenes: guía de exploración de sus grandes temas. Buenos Aires: Colihue, 2010. (Traducción, adaptación y notas de Graciela Montes)

 

(19* El cuento del tío; 20* De cómo las cucarachas se volvieron moscas; 21* De perros y guardianes) * Horacio Clemente * Leer para descreer

Los tres cuentos que sumo ahora a este nuevo Blog fueron publicados por los siguientes sellos: *El Cuento del tío: en 1990 por “Libros del Quirquincho” y por la revista “La Mancha” en 1996. *De cóm…

Origen: (19* El cuento del tío; 20* De cómo las cucarachas se volvieron moscas; 21* De perros y guardianes) * Horacio Clemente * Leer para descreer

(32* Asaltos de rana; 33* Poema sin título; 34* En una obra en construcción no hay criterio de eternidad)

Este cuento lo publicó Sudamericana en tres oportunidades. La primera en 1994 en la colección “Libros del bolsillo”, con ilustraciones de Marcelo Elizalde; la segunda en 1995, con las mismas ilustraciones, pero en una selección de cuentos de varios autores bajo el título de “Brujos, ruedas y ranas”, y la tercera en la colección “Pan Flauta” en el 2010 con ilustraciones de Chachi Verona.

Las ilustraciones de Marcelo Elizalde que incluyo aquí son las de color, y las de Chachi Verona son las de blanco y negro.

32*  “Asaltos de rana”

        Un amigo mío que siempre había vivido en la pampa tuvo que venirse a la ciudad. No se resignaba, y para alegrar su departamento compró plantas; en una de ellas venía una ranita. Mi amigo pensó en tirarla cuando la vio, pero no: en cambio le dejó una palangana de agua para que la rana tuviera donde nadar. A la noche se puso a cantar la rana y los vecinos no pudieron dormir. Y como mi amigo se negó a hacerla callar, fueron a la comisaría y denunciaron a la rana por ruidos molestos. Con el comisario al fren¬te llegaron los policías, también estaban el juez de turno y el secretario de rigor.      Mi amigo, ante tan numeroso y amenazador contingente, prometió hacer callar a la rana. Antes pidió permiso para que la autorizaran a cantar hasta las diez de la noche. Se lo denegaron.
       Mi amigo llevó entonces la rana a la calle y ésta (la rana) desapareció.
     Diez días después -en la palangana- había doscientos renacuajos. Habían   nacido de unos huevos que había puesto la rana.

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       Mi amigo los dejó crecer y cuando se convirtieron en ranas empezaron a cantar de noche. Los vecinos no podían dormir y se queja¬ron a la policía. Y juntos con el juez de turno y el secretario de rigor denunciaron a las doscien- tas ranas por ruidos molestos y amenazaron con clausurar el departamento de mi amigo. Mi amigo llevó las ranas a la calle y se perdieron en la noche.
       Denunciados que fueron por los vecinos que no podían dormir, la policía, el juez de turno y el secretario de rigor contestaron que no contaban con suficientes medios para hacer callar a semejante multitud y que fueran a quejarse al Presidente de la República o que se mudaran de barrio.
       A los diez días siguientes, en el departamento de mi amigo ya había seis mil quinientas ranas.
       Ante tantas ranas, las culebras, que se alimentan de ranas, abandonaron cuevas y pajonales del Gran Buenos Aires y se trasladaron hasta el departamento de mi amigo. Y siguiendo a las culebras, se vinieron cientos de aves rapaces que se alimentan de culebras y comadrejas que se alimentan de aves.
       Un mes más tarde había ranas en todo el edificio, culebras, aves rapaces y comadrejas.

       Asaltos de rana Chachi 2 Y detrás de todos ellos llegaron liebres, pumas, flamencos, gatos monteses, cuises, ovejas, perros, ciervos y ganado vacuno y caballar.           Y cuando las plantas de la vecindad percibieron tal conmoción comenzaron a reproducirse y a enraizarse a la vera del edificio hasta que en el departamento de mi amigo -y en los otros departamentos- comenzó a rajarse el parquet y a asomar pasto por las hendijas.
         Considerando mi amigo que la ciudad se ha pues¬to ahora más interesante, decidió quedarse a vivir aquí. Y así como existió alguien que consiguió formar un lago a la puerta de su vivienda nada más que acarreando baldes de agua, mi amigo ha desarrollado una reserva ecológica donde antes había solamente una torre de veinticinco pisos.
        Noventa y seis vecinos de los cien que habitan el edificio decidieron mudarse -no podían dormir-. El resto se quedó con mi amigo. Creen -como él- que viven en la pampa.

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…………………….
33* POEMA SIN TÍTULO
Me gusta contar la historia de este poema que escribí en la oficina donde trabajaba y en horario de trabajo. Me lo publicó Rodolfo Alonso en Karina, una revista lejana y efímera de la Editorial Atlántida y de la que fue Director.
Por esa época yo tenía alguna relación con un escritor que me llevaba alrededor de dos generaciones. Un poeta que en vida estaba bien conceptuado y se lo mencionaba a menudo, cuyos poemas y artículos aparecían frecuentemente en libros para adultos y chicos y en suplementos literarios de los diarios de mayor tirada. Aunque no era de mi preferencia, lo respetaba. Él leyó mi poema, pero una vez que se publicó. Y quedó enormemente enojado. Tanto que no pudo evitar el desagrado que le causó. Tuvimos, al respecto, un diálogo con este contenido:
—No entiendo cómo le publicaron esto —Me dijo—. ¿Usted es amigo de Rodolfo Alonso?
—Sí.
—¡Con razón! Entre los amigos se apoyan y, por amistad, son capaces de publicarse entre ellos todo lo que escriben, aun cosas como la suya.
Fue tan honesto y auténtico y me habló con palabras que le salían del fondo de su alma, casi piadosamente y aconsejándome, que permanecí silencioso.
Es que tenía razón. Si bien Rodolfo Alonso y yo no éramos lo que se dice amigos, de esos que se encuentran en un café para contarse sus cosas, sí habíamos sido compañeros de trabajo y después de ello nos cruzamos varias veces e intercambiábamos saludos y comentarios. Además éramos vecinos. Y además trabajé para él, en Karina justamente, en una oportunidad en que me encargó un par de notas que también publicó.

       La otra parte atinente a la historia de este poema es que en esa época yo solía hablar en francés con mis compañeros de oficina. No sabía una papa de ese idioma, pero la pronunciación y el tono me servían para dialogar con ellos, particularmente con una de mis compañeras. Éste es el poema:

Con ella ella sólo en francés me entiendo.
Le digo “Coman tu, que se tri bi lluí”
y ella me contesta “Le pa”.
El francés es el idioma que lo dice todo,
es la lengua de la libertad.

      —¿Comán ta le bu, mesié Clemán? —me pregunta en su francés amigo.
     —Aló.

 Si todos nos comunicáramos, todos hablaríamos en francés,
aun la señorita que da la hora, la muy suelta de lengua.

 Los franceses son antipáticos, dicen, y no es cierto; son robustos 
                                                                             /en su acidez, y no es cierto;  ¿Cómo va a ser mala persona                                                                                                                    una persona que puede decir “Veluá”?

No quiero discutirlo más.
El francés es lo que me gusta; él es como las salientes de un río,
como la casa del camino, como la fuente del bosque,
como las francesas.

     —Le tuí fe le suar.
     —Le cuá son le fa le truí.

………………………………….

34*

El poema que viene a continuación lo escribí también por aquellos años, y un poco antes incluso. No lo escribí en ninguna oficina, sino en un bar, aunque también en horario de trabajo. No se publicó en ningún lado. Pero lleva título.

“En una obra en construcción no hay criterio de eternidad”

Los edificios no pueden durar eternamente, no duran.
Tampoco una ciudad.
Buenos Aires es más joven que Roma.
Un día Nueva York, tan alta, caerá.
Pero los albañiles trabajan. Vienen temprano si no llueve y                                                                           / trabajan con violencia.
Unos arriba. Otros abajo.
Con esa ropa a su favor.  Insutándose con cariño.  

Detengámonos ahora y abracemos las paredes de nuestras casas: están hechas de arena de las playas; la vida sigue viniendo del mar; bien puede terminar en él y Buenos Aires vuelva a hundirse junto a Roma y los dinosaurios, haya sol o llueva en algún lugar.

Alguien llama.
Los albañiles se arremolinan alrededor del tanque donde flota la polvareda del día y se lavan, se sientan junto al fuego porque el asado tienta, porque la bebida se acaba.

Volverán después de comer a su costumbre de levantar ciudades, a su querer hacer del mar una roca antiacuática.

Este cuento lo publicó Sudamericana en tres oportunidades. La primera en 1994 en la colección “Libros del bolsillo”, con ilustraciones de Marcelo Elizalde; la segunda en 1995, con las mismas ilustraciones, pero en una selección de cuentos de varios autores bajo el título de “Brujos, ruedas y ranas”, y la tercera en la colección “Pan […]

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Horacio Clemente * Leer para descreer

Asaltos de rana Recortado Chachi 1Este cuento lo publicó Sudamericana en tres oportunidades. La primera en 1994 en la colección “Libros del bolsillo”, con ilustraciones de Marcelo Elizalde; la segunda en 1995, con las mismas ilustraciones, pero en una selección de cuentos de varios autores bajo el título de “Brujos, ruedas y ranas”, y la tercera en la colección “Pan Flauta” en el 2010 con ilustraciones de Chachi Verona.

Las ilustraciones de Marcelo Elizalde que incluyo aquí son las de color, y las de Chachi Verona son las de blanco y negro.

32*  “Asaltos de rana”

        Un amigo mío que siempre había vivido en la pampa tuvo que venirse a la ciudad. No se resignaba, y para alegrar su departamento compró plantas; en una de ellas venía una ranita. Mi amigo pensó en tirarla cuando la vio, pero no: en cambio le dejó una palangana de agua para que la rana tuviera donde nadar. A la noche se puso a cantar la rana y los vecinos no pudieron dormir. Y como mi amigo se negó a hacerla callar, fueron a la comisaría y denunciaron a la rana por ruidos molestos. Con el comisario al fren¬te llegaron los policías, también estaban el juez de turno y el secretario de rigor.      Mi amigo, ante tan numeroso y amenazador contingente, prometió hacer callar a la rana. Antes pidió permiso para que la autorizaran a cantar hasta las diez de la noche. Se lo denegaron.
       Mi amigo llevó entonces la rana a la calle y ésta (la rana) desapareció.
     Diez días después -en la palangana- había doscientos renacuajos. Habían   nacido de unos huevos que había puesto la rana.

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       Mi amigo los dejó crecer y cuando se convirtieron en ranas empezaron a cantar de noche. Los vecinos no podían dormir y se queja¬ron a la policía. Y juntos con el juez de turno y el secretario de rigor denunciaron a las doscien- tas ranas por ruidos molestos y amenazaron con clausurar el departamento de mi amigo. Mi amigo llevó las ranas a la calle y se perdieron en la noche.
       Denunciados que fueron por los vecinos que no podían dormir, la policía, el juez de turno y el secretario de rigor contestaron que no contaban con suficientes medios para hacer callar a semejante multitud y que fueran a quejarse al Presidente de la República o que se mudaran de barrio.
       A los diez días siguientes, en el departamento de mi amigo ya había seis mil quinientas ranas.
       Ante tantas ranas, las culebras, que se alimentan de ranas, abandonaron cuevas y pajonales del Gran Buenos Aires y se trasladaron hasta el departamento de mi amigo. Y siguiendo a las culebras, se vinieron cientos de aves rapaces que se alimentan de culebras y comadrejas que se alimentan de aves.
       Un mes más tarde había ranas en todo el edificio, culebras, aves rapaces y comadrejas.

       Asaltos de rana Chachi 2 Y detrás de todos ellos llegaron liebres, pumas, flamencos, gatos monteses, cuises, ovejas, perros, ciervos y ganado vacuno y caballar.           Y cuando las plantas de la vecindad percibieron tal conmoción comenzaron a reproducirse y a enraizarse a la vera del edificio hasta que en el departamento de mi amigo -y en los otros departamentos- comenzó a rajarse el parquet y a asomar pasto por las hendijas.
         Considerando mi amigo que la ciudad se ha pues¬to ahora más interesante, decidió quedarse a vivir aquí. Y así como existió alguien que consiguió formar un lago a la puerta de su vivienda nada más que acarreando baldes de agua, mi amigo ha desarrollado una reserva ecológica donde antes había solamente una torre de veinticinco pisos.
        Noventa y seis vecinos de los cien que habitan el edificio decidieron mudarse -no podían dormir-. El resto se quedó con mi amigo. Creen -como él- que viven en la pampa.

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…………………….
33* POEMA SIN TÍTULO
Me gusta contar la historia de este poema que escribí en la oficina donde trabajaba y en horario de trabajo. Me lo publicó Rodolfo Alonso en Karina, una revista lejana y efímera de la Editorial Atlántida y de la que fue Director.
Por esa época yo tenía alguna relación con un escritor que me llevaba alrededor de dos generaciones. Un poeta que en vida estaba bien conceptuado y se lo mencionaba a menudo, cuyos poemas y artículos aparecían frecuentemente en libros para adultos y chicos y en suplementos literarios de los diarios de mayor tirada. Aunque no era de mi preferencia, lo respetaba. Él leyó mi poema, pero una vez que se publicó. Y quedó enormemente enojado. Tanto que no pudo evitar el desagrado que le causó. Tuvimos, al respecto, un diálogo con este contenido:
—No entiendo cómo le publicaron esto —Me dijo—. ¿Usted es amigo de Rodolfo Alonso?
—Sí.
—¡Con razón! Entre los amigos se apoyan y, por amistad, son capaces de publicarse entre ellos todo lo que escriben, aun cosas como la suya.
Fue tan honesto y auténtico y me habló con palabras que le salían del fondo de su alma, casi piadosamente y aconsejándome, que permanecí silencioso.
Es que tenía razón. Si bien Rodolfo Alonso y yo no éramos lo que se dice amigos, de esos que se encuentran en un café para contarse sus cosas, sí habíamos sido compañeros de trabajo y después de ello nos cruzamos varias veces e intercambiábamos saludos y comentarios. Además éramos vecinos. Y además trabajé para él, en Karina justamente, en una oportunidad en que me encargó un par de notas que también publicó.

       La otra parte atinente a la historia de este poema es que en esa época yo solía hablar en francés con mis compañeros de oficina. No sabía una papa de ese idioma, pero la pronunciación y el tono me servían para dialogar con ellos, particularmente con una de mis compañeras. Éste es el poema:

Con ella ella sólo en francés me entiendo.
Le digo “Coman tu, que se tri bi lluí”
y ella me contesta “Le pa”.
El francés es el idioma que lo dice todo,
es la lengua de la libertad.

      —¿Comán ta le bu, mesié Clemán? —me pregunta en su francés amigo.
     —Aló.

 Si todos nos comunicáramos, todos hablaríamos en francés,
aun la señorita que da la hora, la muy suelta de lengua.

 Los franceses son antipáticos, dicen, y no es cierto; son robustos 
                                                                             /en su acidez, y no es cierto;  ¿Cómo va a ser mala persona                                                                                                                    una persona que puede decir “Veluá”?

No quiero discutirlo más.
El francés es lo que me gusta; él es como las salientes de un río,
como la casa del camino, como la fuente del bosque,
como las francesas.

     —Le tuí fe le suar.
     —Le cuá son le fa le truí.

………………………………….

34*

El poema que viene a continuación lo escribí también por aquellos años, y un poco antes incluso. No lo escribí en ninguna oficina, sino en un bar, aunque también en horario de trabajo. No se publicó en ningún lado. Pero lleva título.

“En una obra en construcción no hay criterio de eternidad”

Los edificios no pueden durar eternamente, no duran.
Tampoco una ciudad.
Buenos Aires es más joven que Roma.
Un día Nueva York, tan alta, caerá.
Pero los albañiles trabajan. Vienen temprano si no llueve y                                                                           / trabajan con violencia.
Unos arriba. Otros abajo.
Con esa ropa a su favor.                                                                       Insultándose con cariño.

Detengámonos ahora y abracemos las paredes de nuestras casas: están hechas de arena de las playas; la vida sigue viniendo del mar; bien puede terminar en él y Buenos Aires vuelva a hundirse junto a Roma y los dinosaurios, haya sol o llueva en algún lugar.

Alguien llama.
Los albañiles se arremolinan alrededor del tanque donde flota la polvareda del día y se lavan, se sientan junto al fuego porque el asado tienta, porque la bebida se acaba.

Volverán después de comer a su costumbre de levantar ciudades, a su querer hacer del mar una roca antiacuática.

Horacio Clemente * Leer para descreer (28* La araña; 29* El auto destinado: 30* El colectivo que deseaba diferenciarse; 31* Vestida de cola)

“La araña” es un poema que aparece en mi libro El Ojo, publicado por la Editorial Seijas Goyanarte en 1960. Décadas después lo puse en un Blog  que un buen día desapareció de la Web y nunca más volvió. Y a pesar de que en noviembre del año pasado lo publiqué en Blog,  ahora lo incluyo en éste. ¿Por qué insisto en publicarlo? Y bueno…: porque me gusta y porque me trae muchos recuerdos.

28 * LA ARAÑA

En la pata izquierda de atrás de mi escritorio,

una arañita oval y absurda hizo, con cuatro hilos lánguidos,

una tela de araña que da pena.

Esta arañita y esta tela antifuncional

han convertido mi escritorio en una cosa sin sentido. 

Nadie diría que esta arañita oscura

ha pensado dos veces en lo que ha hecho.

Porque qué insecto, por más distraído que parezca, podrá dejarse                                                                                                                   /seducir

por esta descomunal imperfección, por esta enclenque                                                                                            /construcción sin pretensiones.

Nadie diría que esta araña de increíble desgano

pensaba en suculentos platos cuando hizo su trampa,

nadie diría que esta patuda fea cree que la vida es una cosa seria.

Porque con honda ternura

tres veces le destruí la tela y ella, por cuatro veces, cayó en el                                                                                            /mismo pozo de su error.

¿Qué puedo hacer, entonces?

Vale pensar que esta arañita no ha venido aquí por su gusto,

vale creer que esta barbuda no tiene ganas de vivir. 

Yo digo si no se alimentará de piedad,

si no será que esta piedrita viva anda soñando con ser un                                                                                                    /moscardón barullero. 

Porque no cabe duda de que esta tela no sirve para nada

más que para hacerle sentir a mi escritorio

que en su quieta madera pueda meterse algo a respirar.

¿O es que será viuda esta araña? ¿O es que habrá perdido a su                                                                                                                       familia?

Yo sólo entiendo que tiene una pereza extraña.

Yo pienso que esta arañita no está bien.

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Es bueno que los niños, sean estudiosos o no, conozcan la historia de su país. Lo que viene ahora habla de lo que existía hace muchos años en la ciudad de Buenos Aires, ciudad que aunque no es todo el país, sino una parte, es la más grande, y si no es la más grande es la más importante, y si no es la más importante es la más poblada. Pues bien, lo que existía hace muchos años en la ciudad de Buenos Aires eran colectivos diferenciales que circulaban por nuestras calles; algunos pasaban frente a mi casa, por lo que llegué a conocerlos muy bien. ¿Saben cómo eran esos colectivos diferenciales?  Para que lo aprendan, aquí va el relato de lo que sucedió con  uno de ellos.
Colectivo Diferente Chachi                                                                                                           Ilustración de Chachi Verona

29 * El colectivo que deseaba diferenciarse        

(Este relato lo publicó  Libros del Quiquincho en 1990 con ilustraciones de Jorge Cuello, y  la editorial Sudamericana en 1999 con ilustraciones de Chachi Verona.)

       Es muy linda esta historia de colectivos que me contó mi abuelita.  Demuestra también que los colectivos hablan, igual que los animales, y que algunos tienen sensibilidad.  Empieza con un diálogo.  Termina con una manifestación.  Empiezo:

       —Decime, colectivo —dijo un colectivo a otro—, ¿vos por qué sos Diferencial?

       —¿Cómo por qué?

       —Sí. ¿Por qué vos sos Diferencial y yo no?

       —Y, nene —dijo el Diferencial—, yo nací en Alemania. ¡No sabés el motor que tengo! ¡No te imaginás qué chasis!

       —Y si yo también nací en Alemania, en la misma fábrica en la que te hicieron a vos.

       —Pero decime una cosa —gritó el Diferencial—, ¿de qué línea sos si nunca te vi en nuestras reuniones de Diferenciales?

       —De la línea 60, igual que vos.

       —¿Tenés espejos retrovisores? —preguntó el Diferencial—. ¿Tenés neumáticos de doce telas? ¿Tenés luces coloradas en el interior para que de noche parezcas una especie de boliche en lugar de colectivo?

       —¡Claro que tengo todo eso! —dijo el otro.

   —¿Y a qué taller vas?; ¿quién es el mecánico que te hace mantenimiento?

       —¿Y quién va a ser? ¡El mismo que tenés vos!

       —¿Y la carrocería?

       —¡Igual que la tuya, pibe!

       El Diferencial se quedó pensativo observando, más atentamente ahora, al colectivo que no era Diferencial.  Finalmente exclamó:

       —¡Me dejás anonadado!

       —Yo no sé cómo te dejo; lo que quiero es saber cómo se hace para ser Diferencial.

Colectivo Diferente Cuello 1i

                                                                                                     Ilustración de Jorge Cuello

      —Tenés que cumplir el horario estrictamente.
      —Siempre lo cumplo.
      —Tenés que andar impecable, sin un raspón.
      —Me lavo todos los días.
     —Tenés que llevar solamente gente sentada; pasajeros de pie no se permiten.
      —¡Eso sí que no lo hago! ¡Con razón no soy Diferencial! ¿Y qué más?
      —¿Cuánto cobrás el boleto?
      —En Capital: igual que lo que cuestan tres chupetines.
     —¡Perdiste, nene!; ¡tenés que cobrar, por lo menos, el valor de nueve chupetines si querés ser Diferencial!
     —¿Y con eso basta?
     —¡Es casi lo más importante!
     —¿”Casi”? ¿Hay algo más?
    —¡El cartelito, nene! ¿Quién te va a reconocer, si no? Sin el cartelito nadie te va a pagar ese precio, y entonces dejás de ser Diferencial automáticamente.
      —¿Estás seguro de que no se necesita otra cosa?
     —Gente sentada y el valor de nueve chupetines. Y el cartelito no te lo saqués ni para dormir.
    Terminado este diálogo —tal como me lo contó mi abuelita— el asunto siguió así: el que no era Diferencial se hizo confeccionar un hermoso cartel, lo ubicó delante del parabrisas bien a la vista, triplicó el precio de los boletos y, muy contento, comenzó el recorrido habitual.
“Ahora yo también soy Diferencial”, se decía. Y tocaba la bocina a cada momento para hacerse notar. Pero los pasajeros no subían.
    A las cinco o cuarenta cuadras subió uno, después subió otro; finalmente se llenó.
      “Están todos sentados —se decía este colectivo muy orondo—, ahora no tengo que dejar subir nadie.”
      Más adelante vio a una viejita que extendía 1a mano. “No puedo”, le dijo el colectivo, siguiendo de largo; “gente parada, no”. Y tocó la bocina tres o doce veces, de puro contento.
      Vio a una nena, con el hermanito en brazos, que extendía la mano. “Sólo gente sentada”, le dijo el colectivo (y dale con la bocina) siguiendo de largo.
      Vio a un montón de chicos que salían de la escuela. “No puedo; no me lo permiten”, les dijo el colectivo, sin detenerse.
      Un señor se bajó y al quedar un asiento desocupado el colectivo, en la parada correspondiente, dejó subir a otro. “Es tanto”, le dijo al pasajero nuevo. El pasajero no podía pagar ese precio y se bajó inmediatamente. Pero otro subió en lugar de él y pagó con un montonazo de plata. “Soy Diferencial. Soy Diferencial”, se decía el colectivo entre bocinazos alegres. Duró unas cuatro o treinta semanas así.
      Pero entérense de lo que me contó mi abuelita después. Lo que viene ahora le pasó al colectivo el Día de la Primavera, a pocos meses de haberse convertido en Diferencial. Ese día era radiante de sol; todo el mundo estaba contento y enamorado. Los estudiantes cantaban y brincaban porque podían pasear fuera de la escuela sin hacerse la rabona; había señoras que bailaban en la calle, policías que regalaban el arma reglamentaria, ladrones que devolvían la plata, viejitos que llevaban flores en el ojal, empresarios que aumentaban los sueldos.
     “¡Qué hermoso día, sobre todo para un Diferencial como yo!”, se decía el colectivo. Pero en una parada quisieron subir treinta o noventa y cinco estudiantes.
    —¡Ma sí; yo los dejo subir! —dijo el colectivo—. Eso sí, chicos, siéntense aunque sea en el piso.
      Los estudiantes no le hicieron caso; subieron pero no se sentaron en el piso.
   En otra parada pretendió subir una mamá con cuatro hijas, seis sobrinos, nueve nietos y quince vecinítos de entre tres y doce años.
     —Que suban —dijo el colectivo— aunque viajen de pie.
    En otra parada quiso subir un grupo de cien turistas japoneses que iban a comprar regalos a la calle Florida.
     —Que suban —dijo el colectivo—, aunque viajen en el techo.
      Y viajaron en el techo.
     Y en otra esquina dejó subir a más gente. Y hasta a un chico con un perro. ¡Y todos parados!
     —¡Y no les cobro boleto! —gritaba el colectivo, tocando la bocina y saltando de puro alegre—. ¡Ni un centavo les cobro!
      —¡Éste sí que es un colectivo diferente! —gritaban los pasajeros.
      —¡Llevanos a pasear por la ciudad! —gritaban otros.
    Y el colectivo se alejó del recorrido. Y anduvo por los jardines y plazas de Buenos Aires. Y hasta se metió en el Zoológico. Y hasta llegó al barrio General Savio. Y se metió por Floresta. Y por los suburbios. Abarrotándose de pasajeros.
       Y ahora viene el final, siempre tal cual me lo contó mi abuelita.
    Ese día el colectivo recibió muchísimos regalos por parte de los pasajeros: móviles, medallitas, espejitos de colores, radios portátiles, zapatos de nene, filetes enmarcados, bocinas varias, sacalustres, combustible, aceite para el motor, almanaques con chicas lindas. Había querido ser Diferencial, pero ahora se decía: “En realidad soy un colectivo como todo el mundo. Así es mejor”.
     Después los pasajeros lo llevaron en andas hasta la terminal, en manifestación.
   A partir de entonces siguió cobrando el equivalente de tres chupetines y dejando subir a cuanto pasajero le extendía la mano. A veces se apartaba del recorrido y se metía en Parque Norte. Retiró el cartelito. Era más que un Diferencial: era un colectivo diferente, como decían los pasajeros.

                                                                         Colectivo Diferente Cuello 2

                                                                                                                                                    Ilustración de Jorge Cuello

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30 * El auto destinado

(Relato publicado por Libros del Quirquincho en 1990 con ilustración de Oscar Rojas.)

       Era un automóvil verde destinado a atropellar a un perrito.  Este tema del destino es un asunto muy discutido entre las personas.  Algunos –inclusive maestros de escuela, grandes profesores, presidentes de países, vigilantes– creen que el destino existe.  Otros –vigilantes, presidentes de países, grandes profesores, maestros de escuela– creen que no existe.  Por ejemplo: si alguien que camina por la calle tropieza con una baldosa floja y se lastima un pie, algunas personas le dicen: “Era tu destino”, o también: “Te tenía que pasar: estabas destinado a lastimarte”; son los que creen en el destino.  Otros le dicen: “Eso te pasó porque no mirás por dónde vas”, o también: “Te lastimaste por tarado”; son los que no creen en el destino. Y hay más: muchos de los que creen en él dicen, incluso, que al destino no se lo puede torcer. ¿Qué dicen ustedes? ¿Qué creen de todo esto?

       Me parece que este relato puede dar una respuesta a ese complicado asunto, ya que trata de lo que pasó con un auto, y los autos, créanlo o no, nacen destinados.  

       Antes de salir de fábrica pasan delante de una computadora y ésta les anuncia el destino: “Vos vas a ser corredor”; “vos vas a dedicarte al transporte escolar”; “vos vas a ser taxi”; “vos vas a ser Coche Presidencial”; “vos vas a tener éxito con las chicas”; “vos vas a pasar todos los fines de semana en un country”; etcétera, etcétera.

       Además no es la primera vez en la historia que alguien o algo puede, por lo demás, decir con tanta anticipación el destino de cada uno; para eso están los brujos, verbigracia, o los adivinos, y hace muchos años  –mas de tres mil– existían los oráculos, que eran unas estatuas que hablaban y conocían el futuro y al  que  la  gente (que  en  esa época era  preferentemente griega) rendía pleitesía. 

       Hoy existen las computadoras, que son los oráculos actuales, aunque un poco más modernos.

       Pues bien: cuando este automóvil verde pasó frente a la computadora, ésta le dijo:

       —Veo un perro en tu ruta; vos estás destinado a atropellar a un perrito.

       El automóvil verde se asustó y en seguida se apesadumbró.

      —Qué destino tan triste me vino a tocar a mi —dijo, y se puso a llorar hasta que se le pasó.

       Lo llevaron a una concesionaria, lo vendieron y finalmente terminó en el garaje de una familia compuesta por un papá, una mamá, un hijo de seis y una hija de ocho.  Lo que se dice una familia tipo pero adinerada, pues no cualquiera puede comprar hoy un automóvil cero kilómetro y verde.

       La familia estaba loca de alegría con el auto; saltaba de contenta.  Pero el auto verde se sentía muy deprimido.

       El señor, llamado también “Jefe de familia” o “Dueño de casa”, era una persona a quien le gustaba correr.  De manera que siempre metía el acelerador a fondo así fuera por las calles más transitadas.

       La esposa, a quien muchas veces se la denomina “La patrona”, también manejaba y también le gustaba acelerar a fondo, así fuera de noche o de día.  Los chicos –a quienes a veces se los designa como “Los purretes”– no manejaban, pero jugaban a hacerlo y soñaban con que algún día ellos también manejarían de verdad y a toda velocidad como sale en las propagandas.

       Y esa irresponsabilidad de sus dueños le producía una gran pena al auto verde.  “¿Y si se me atraviesa un perrito?”, pensaba, “¿Y si a algún perrito se le ocurre cruzar la calle justo cuando yo vengo a toda rapidez?”

       Era para preocuparse.

       Pero el “Jefe de familia”, “La patrona” y “Los purretes”, ni se preocupaban –como ocurre con mucha gente– por averiguar si es posible que un auto pueda tener pensamientos de este tipo; peor aún:  andaban por calles y caminos acelerando y zigzagueando cada vez con mayor alegría, descuido y temeridad. Por el contrario, las aprensiones del auto verde eran cada vez más intensas y empezó a tener problemas: empezó a pistonear, a quemar aceite, a perder estabilidad en las curvas, a regular mal.

       Fue a ver entonces a un mecánico a quien le planteó el caso.  El mecánico le dijo:

       —Lo que vos tenés es miedo a la aceleración.  No te animás a competir.  A vos te asusta llegar primero.  Tenés miedo de ser importante.  Todo ese gran julepe lo disimulás haciendo creer que temés un accidente.  Vos preferirías quedarte guardado en el garaje y no salir a la calle nunca.  Pero eso no te haría feliz.  Animate y vas a ver cómo en seguida dejás de creer en ese destino y se te va el temor de atropellar a un perrito.

       ─¿Estas seguro?

      ─Tenés cuatro cilindros, cien caballos de fuerza, música estereofónica… No sos un auto cualquiera. Tenete confianza. Hacete valer.

        No quedó convencido el auto verde: 

       ─Música estereofónica… Cuatro cilindros… Cien caballos de fuerza ─se dijo cuando dejó a ese mecánico─. ¿Para qué quiero cien caballos si con eso podría atropellar  un perrito? Ojalá tuviera un solo caballo, y no cien. ¡Ojalá fuera caballo y no auto!

       “¿Pero y si la computadora de la fábrica se hubiera equivocado?”, se preguntó después.

      Fue a consultar a otra, mucho más evolucionada y recién venida no de la China sino nada menos que del Japón.  Le dijo (esta computadora mejor):

       —Veo un perro en tu ruta, vos estás destinado a atropellar a un perrito.

       Lo único que agregó esta computadora más evolucionada fue que el perrito sería de color marrón. 

       ¡Qué desconsolado quedó otra vez el auto verde!  Trató entonces de seguir el consejo del mecánico. “Qué suerte la mía”, pensaba el auto verde, “Ah… por qué no habré nacido bicicleta, que es menos peligrosa; o monopatín.”

      —No: tengo que acelerar  —se decía empero cada vez que sus dueños lo sacaban a circular por calles y avenidas—.  Tengo que competir, tengo que ser el primero.

       Sin embargo, cada vez pistoneaba más y quemaba más aceite.

       “¿Qué le pasa a esta porquería que no levanta?”, gritaban entonces los dueños mientras mandaban el acelerador a fondo con toda desesperación.  “Vamos a tener que venderlo”, gritaban también.

       “Quizás mi destino dependa de quien me lleve”, se dijo ilusionado el auto al escuchar a esos dueños.

       De manera que cuando lo vendieron a un muchacho que acababa de sacar el registro de conductor, el auto verde se sintió esperanzado, con más alivio.  El alivio y la esperanza se le fueron al suelo cuando el muchacho hizo las primeras salidas: estacionó en un lugar prohibido y casi se lo lleva la grúa; rozó a un colectivo que por poco lo aplasta y cruzó con el semáforo rojo en una mañana de plena niebla.  “Con éste”, se decía el auto verde, “sí que estoy destinado a que mi destino se cumpla todavía antes y sin remedio.”

       Tanto se deprimió el auto verde a partir de aquel segundo dueño que su funcionamiento se hizo insoportable.  Hasta que el muchacho lo vendió. 

       El tercer dueño había sido campeón de motociclismo.  De manera que lo que más le gustaba era el vértigo.  Y como entendía de mecánica, él mismo hacía todas las reparaciones para que el coche anduviera como seda, sin ningún desperfecto.

       “Ahora advierto cuán inexorable es el destino de cada automóvil y cuán inútil es tratar de torcerlo”, se dijo entonces el auto verde.

       Y ya no se resistió a la suerte.  Sólo que no podía dejar de pensar en ese perrito marrón desconocido al que tarde o temprano iba a atropellar.

      Por eso se veía que muchas veces el auto verde lloraba. Por eso se lo veía con un aspecto tan desmejorado siempre.

       Hasta que un día el perrito marrón apareció delante del auto verde. Fue en una ruta muy solitaria, y el perro ─de espaldas al auto─ caminaba por un puente que servía para cruzar un arroyo. El auto, lanzado a toda velocidad por su dueño, vio el puente y al perrito cuando estarían a unos quinientos metros más adelante. Su conductor, que unos kilómetros antes había prendido la radio para escuchar la música estereofónica que le gustaba,  vio el puente, pero no vio –o no le importó ver– al perrito.  El auto trató de frenar, trató de empastar las bujías, trató de ahogar el motor, trató de pinchar una rueda.  No pudo hacer nada.  Y si antes el perrito estaba a unos quinientos metros de distancia, en seguida estuvo a cincuenta, en seguida a veinte, en seguida a dos. Pero el auto verde hizo un esfuerzo extraordinario.  Pegó un salto y pasó por encima del perrito sin tocarlo, sin lastimarlo para nada.

       —Saltó como un caballo, ¿vio? ─contó un señor que había observado la escena—. Saltó como un caballo cuando tiene que sortear una valla.

                                                         ********

       Que un auto pegue un salto como si se tratara de un caballo resulta extraño, difícil de creer.  Difícil de creer es también el hecho de que al auto no se lo vio más desde aquel día, en ninguna parte.

      Ahora, cerca de ese puente, a orillas del arroyo o en los alrededores, siempre aparece en cambio un caballo que se queda a tomar agua y a pastar, seguido muchas tardes de pájaros y perros con quienes corre y juega.

        Entre esos perros, hay uno marrón.

    Eso no tiene nada de extraño.  Cualquiera que vaya al campo, aunque sea a escasos kilómetros de la ciudad, puede ver caballos, pájaros y perros que andan juntos, en los pajonales, en los arroyos; sin golpearse, sin herirse; como amigos. No: no tiene nada de extraño.

         Lo único extraño es que ese  caballo sea verde.

                                                                                                 auto destinado 1

                                                                                                                                                    Ilustración de Oscar Rojas

……………………………………………

        El cuento que sigue no es tal, sino una crónica que se publicó en todos los diarios. Fue a fines del siglo pasado. Además de aparecer en los diarios, en 1990 se publicó en un libro de la editorial Libros del Quirquincho con una ilustración de Oscar Rojas. Eran años en que existía un tren que iba de Plaza Constitución a Bariloche y de Bariloche a Plaza Constitución. Un tren con camarote, es decir un tren con pequeñas habitaciones que tenían dos camas, baño privado y ventanilla para mirar el paisaje. También tenía un vagón  con cocina y cocinero que ofrecía bebidas y comidas a los pasajeros: el “vagón comedor”. Era muy lindo viajar en ese tren. Pero eso no es lo importante de esa crónica. Como verá quien la lea, lo importante es lo que hizo una chica antes y después de viajar en él.
 

31 * Vestida de cola

       Era una novia que se había casado de blanco con una cola de seis metros y medio.

       De manera que si hasta un rato antes había tenido novio ahora tenía marido, mientras que el marido, que hasta un rato antes había sido novio, ahora tenía esposa. En menos palabras: ella y él eran —ahora— esposay marido. Pero la chica decía:

      —Ay, estoy tan chocha con este vestido, que no me lo sacaría nunca.

     Lo extraño no fue lo que dijo sino lo que hizo; efectivamente: no quiso cambiarse de vestido.

       —¿Pero cómo vamos a ir así a nuestra Luna de Miel? —le preguntó el novio que ahora era marido.

        —¿Qué pasa? ¿Ya no me querés más? —le preguntó ella.

        —Te quiero. Pero sos una exagerada.

       —¡Soy exagerada, sí! ¿Tiene algo de malo eso?     

       Y tal como las mujeres son capaces de hacer cualquier cosa cuando se enamoran de un hombre, un hombre es capaz de hacer cualquier cosa cuando se enamora de una mujer.

        —Está bien —dijo él—, vamos.

        Pararon un taxi y subieron.

       —¿A qué iglesia los llevo? —preguntó el conductor.

       —A la estación de trenes —contestó la novia que ahora era esposa.

       —¿Trabajan en algún teatro? —preguntó el conductor.

       —Vamos a Bariloche de Luna de Miel —contestó el novio que ahora era marido.

      “Mejor no me meto”, pensó el conductor. Y los llevó hasta la estación en absoluto silencio.

      —¡UNA NOVIA! —gritaron todos los que estaban en la estación cuando vieron lo que vieron.

          Y corrieron para observarlos de cerca y para pedirles autógrafos.

        —¡Fijate los papelones que me hacés hacer! —dijo el marido.

       Pero la chica subió al tren y se encerró en el camarote.  El novio también.

        Esa noche en el tren, mientras hacían el largo viaje a Bariloche, todos los pasajeros ya sabían de ese par de recién casados y esperaron a que llegara el día para verlos salir a desayunar en el coche comedor y así saludarlos y felicitarlos. Efectivamente: a las once y media de la mañana siguiente salieron los dos. Ella, con su vestido de novia.

        —¿Qué se van a servir? —preguntó el camarero (era la primera vez que veía a una pasajera vestida de novia).

         —Café doble con tostadas y dulce de leche —dijo la chica.

         —Cuidado —le dijo el marido mientras desayunaban—, no vayas a ensuciarte el vestido.

         Desayunaron con sumo cuidado, sin mancharse nada. Y como se hacían mimos a cada momento, la gente los miraba arrobada. Además decía (la gente):

           —¡Qué lindo viajar con recién casados y ella vestida de novia!

    Al llegar a Bariloche los periodistas locales, porteños e internacionales estaban aguardándolos; en todo el mundo se había corrido la voz de que una novia, que ya llevaba más de veinticuatro horas de casada, seguía usando su vestido de novia.

        ¡Qué suerte —decían los hoteleros y comerciantes de Bariloche—, la ciudad se va a llenar de turistas gracias a estos recién casados!

          Así fue: todos querían ver a esa novia.

    Un promotor de publicidad, agente de una gran compañía multinacional, propuso al marido:

      —¿Por qué no sigue usando usted también el traje de novio?  Podríamos anunciar que se visten en la sastrería tal y todos nos llenaríamos de plata.

           Pero la chica lo echó enojadísima:

         —¡Jugar con una cosa tan importante como es un vestido de novia! —dijo.

          Todas las excursiones que realizaron, visitas a bodegas, paseos en lancha por el lago y escapadas al Casino, las hicieron con ella vestida siempre de novia.

        —Hasta a esquiar vino vestida así —dijo un instructor de esquí.

         Cuando terminada la Luna de Miel volvieron a Buenos Aires y cada uno tuvo que ir a su trabajo, ella tampoco se quitó ese vestido.

       —Dejen sentar a esa novia —decían algunas señoras mayores cuando ella subía al colectivo.

           Y así anduvieron por toda la ciudad, meses enteros, en los cines, en las pizzerías, en el Zoológico (porque a ella le encantaba pasear por el Zoológico).

         —Decime, exagerada: ¿siempre vas a seguir con ese vestido? —le preguntó el marido meses después—. ¿No querés que te lleve a un desfile de modelos para ver si cambiás de ropa?

           —Lo  que  más  me gusta del matrimonio, después del novio, es el vestido de novia —decía la chica. 

         Hasta que un día le empezó a crecer la panza y a engordar y engordar.  Y el vestido de novia a achicarse y achicarse. Y a apretarle la panza. Y a incomodarla.

          —¿Ves estas revistas que te traje? ¡Mirá cómo se llaman! —le dijo el esposo.

           —“Moda para la futura mamá” —leyó la chica. Y agregó:

           —¡Ésa soy yo!

       Entonces tiró el vestido de novia y se puso a confeccionar y a comprar ropa para futuras mamás, y a vestirse con ellas.

           —¡Es la ropa que más me gusta! —decía la chica.

      Y tanto le gustó esa ropa que quiso seguir usándola sin reemplazarla más.

             Hasta ahora tiene cinco hijos, y está esperando otro.

        En cuanto al vestido de novia que ella creyó haber tirado, el marido lo recogió y guardó. No le dijo nada. Se lo va a volver a mostrar cuando cumplan los treinta años de casados.

22, 23, 24 Horacio Clemente * Leer para descreer

EL LORO QUE NO BABLABA – HAMBRE CANINA – MILAGRO ALEMÁN
El primero de estos tres cuentos se publicó inicialmente en “La hojita” gracias a Laura Linares quién dirigía ese suplemento, y gracias también a Raúl Fortín que me la presentó  y el que, además, lo ilustró. Fue a principio de 1980. En 1988 apareció en un libro que me publicó Graciela Montes y que ilustró Ana Camusso. Más tarde, en sendas ediciones aparecidas en 1999 y en 2001, lo publicó Sudamericana por intervención de Canela. En estos dos últimos casos las ilustraciones fueron de Chachi Verona.
El Loro que no hablaba Raúl Fortín

                                                     Raúl Fortín fue el autor de esta ilustración.

22* “El loro que no hablaba”

Era un loro que no hablaba.

Venía su dueño y le decía:

¿A ver, lorito?: “Rica, la papa. Rica, la papa”.

El loro nada. Venía la dueña:

Cuchi cuchi, cuchi cuchi… : “La papita para Perico. La papita para Perico”.

Nada. Venía la hija de los dueños:

¡Qué lindo, Periquito, qué lindo! ¿Cómo se pide la rica comidita?

El loro, mudo. Venía el hijo de los dueños:

“La papa. La papa para el loro. La papa”.

No había caso, el loro no hablaba. Que­rían enseñarle a silbar: tampoco. Querían que aprendiera el nombre de cada uno: menos. Querían que dijera malas palabras: me­nos aún.

Por las noches, el loro cantaba.

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                           Ilustración de Chachi Verona para una de las ediciones de Sudamericana

En el silencio de la oscuridad, cuando to­dos dormían, cuando nadie podía escuchar­lo, cuando la lucecita del farol de la calle apenas se filtraba por la ventana del cuarto donde quedaba encerrado, el loro cantaba. ¿Qué cantaba el loro?

Cantaba como Caruso, por ejemplo, aquel maravilloso tenor italiano que todos recor­damos. Primero lanzaba un potente Do de pecho (Dooooooooó… ); después entonaba: “Ridi, pagliaccio…”

Cantaba tangos: “Mi Buenos Aires queri­do…”

Cantaba viejas canciones brasileñas: “Bra­sil, meu Brasil brasileiro…”

¿Dónde había aprendido esas canciones el loro? ¿Cómo las sabía?

Las había aprendido en la selva. Porque el loro no había nacido en una jaula sino en un nido de loros. Un nido que sus padres arma-­ron con gran trabajo entre la seguridad de unas piedras cubiertas por enredaderas y lianas. Un nido donde se desarrolló fuerte y sano junto a cinco loritos más (tres machos y tres hembras en total).

¡La selva! Cuando creció y sus padres le dijeron: “Hijo, ya vue­las”, bien supo el loro lo que ello significaba. Y voló, en busca de una novia, de comida. Luchando para vivir, pero siempre contento, gritando como un buen loro que era.

Y en la selva aprendió muchas cosas. Aprendió que era plaga, por ejemplo, una palabra que nunca llegó a entender. Y aprendió a cono­cer a los cazadores.

A la selva llegaban los cazadores. Organi­zaban safaris (otro término que el loro nun­ca olvidó); organizaban grandes comidas; largas tertulias mientras se sentaban alrede­dor del fuego, en medio del monte, durante las noches. ¡Cómo le gustaba eso al loro!

Protegido entre las ramas más altas, el lo­ro los espiaba. ¡Qué atildadas armas tenían aquellos hombres, qué indumentaria tan atractiva, qué comidas solían preparar! ¡Y qué conversación tan apasionante!

“El día en que maté a ese enorme elefan­te”, decía uno; “El día en que maté a ese pe­ligroso león”, decía otro; “El día en que maté al jabalí”…; “El día en que maté al ciervo”…

Los cazadores llegaban de lejanos países. Pasaban días enteros en la selva buscando al­gún fabuloso animal. Las jornadas eran lar-­gas y terminaban agotados. A la hora del reposo, durante la noche, entre conversación y comida, se acordaban de sus familias, sen-­tían nostalgias por la patria, hablaban de la amistad y de la naturaleza y hasta parecían buenas personas. Entonces cantaban. Anti­guas y modernas canciones.

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                                               Ilustración de Ana Camusso para la edición del “Quirquincho”

Venían italianos entre los cazadores: “Oh, sole mío…”; franceses, brasileños, argenti­nos… ¡Cómo disfrutaba cuando los oía can­tar!

¿Por qué abandonó el loro la selva? Es una historia larga. Sepamos de todas mane­ras que alguien lo atrapó en un descuido, lo trajo a la gran ciudad, lo metió en una paja­rería y que una familia lo compró. El vende­dor aseguró que hablaba. Aunque nunca lo había escuchado.

En realidad había perdido los deseos de hablar. Prefería cantar de noche, recordan­do la selva, los cazadores; recordando a su novia: “Chiquitita, dime por qué…”

Esa mañana, el gato de la casa consiguió abrirse paso por la misma ventana por don­de la luz del farol se filtraba durante las no­ches. Se acercó peligrosamente.

—¡El gato me quiere comer! ¡El gato me quiere comer! gritó el loro.

¡El loro habla! gritaron los dueños.

Corrieron a verlo, y a oírlo. El gato estaba muy cerca, cerquísima.

¿A ver, lorito?: “El gato me quiere comer. El gato me quiere comer”.

Cuando el gato ya lo atrapaba, el loro es­capó. Atravesó la ventana y se posó en la ra­ma de un árbol. Tomó aire, ensanchó el pecho y con voz melódica cantó:

—“Adiós, pampa míííaaaaaa…”

-¿Qué dijo? preguntaron los dueños.

El final es fácil de adivinar. El loro dio un impulso y voló. Voló hasta regresar a su selva.

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                                                                                                               Ilustración de Ana Camusso

                                                                       ******************************

                             img022                                                                         Ilustración de Chachi Verona para Sudamericana                                      
El cuento que sigue se publicó tres veces. En 1990 por “Libros del Quirquincho” con ilustraciones de Jorge Cuello,  y en 1999 y en el 2006, por Sudamericana con ilustraciones de Chachi Verona en las dos oportunidades.

23 *   “Hambre Canina” 

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                                                                                                                Ilustración de Chachi Verona

 

Era un montón de perros hambrientos y callejeros que vivía en los alrededores de un caserón. El case­rón -joya arquitectónica- tenía una multitud de vidrios espejados que daban a la calle, sobre las ventanas y balcones, puestos en lugar de cortinas como se usaba antigua­mente.

Los vidrios espejados estaban para que desde afuera no se viera adentro y para que los transeúntes se miraran en ellos y también para que pudieran ver los árboles de la vereda de enfrente sin necesidad de darse vuelta. También podían mirar el cielo, por esos vidrios. El caserón tenía además un jardinazo enorme, cubierto con vidrio transparente como se hace con los inver­naderos, que lo convertía en una especie de fanal dentro del cual, como si se tratara de una protectora jaula que los preservaba de las inclemencias del tiem­po, vivían unos quince o cuarenta perros, todos con papeles. Una vez al día, a eso de las seis o siete de la tarde, estos hermosos animales recibían su ración de comida, saludable y abundante. A esa hora, precisa­mente, frente a la jaula de vidrio, se reunían los perros callejeros para verlos comer.

Mirá qué bien come ese Collie Dorado decía uno de los callejeros, con la boca cerrada y sin relamerse a cada rato.

Y mirá qué lindo le queda el moñito rosa a esa Caniche Toy tan juguetona decía otro de los callejeros.

Y mira qué porte tiene ese Ovejero Belga gana­dor de concursos decía alguna de las callejeras—; parece un perro de Walt Disney.

Pero un día, a la hora de comer los perros del case­rón, los perros hambrientos que se reunían para mirarlos vieron venir a un señor que sonreía a más no poder. Un señor simpático, con un portafolio y una víbora enrollada al cuello a modo de bufanda.

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                                                                                                                Ilustración de Chachi Verona

Muchachos dijo el señor a los perros callejeros, tengo algo que a ustedes les puede interesar.

Y les entregó, a cada uno, un espectacular folleto a todo color, impreso en otro país con el mejor papel del mundo. Los perros quedaron chochos con el folleto. Era sobre comidas.

Se los dejo dijo el señor, mañana me doy otra vuelta por aquí.

Los perros callejeros no lo podían creer. Uno de ellos, tímidamente, se animó a preguntar al de la víbora:

¿Hay que pagar algo por estos maravillosos folletos?

—Son para ustedes dijo el hombre, gratis. Mañana paso y hablamos.

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Ilustración de Chachi Verona

Mirando de soslayo a los perros del jardín a quie­nes un lacayo ya les había servido la comida, cada callejero se enfrascó en la lectura del folleto.

Miren lo que dice el folleto dijo uno: “El hueso está formado por tejido esponjoso, pero cuando se lo deja secar entonces se vuelve duro y rígido. Es cos­tumbre de los perros agarrar un hueso y, antes de esconderlo, lamerlo y morderlo con ahínco. Es de sabor dulce, parecido al de las avellanas. Se lo reco­mienda para el fortalecimiento de los dientes”.

¡Fantástico! gritaron los callejero. ¿Pero qué quiere decir “dulce”? ¿Qué quiere decir “avellanas”?


Aquí hay un dato interesante dijo otro de los callejeros, les leo: “El pollo es manjar predilecto de los perros. A la plancha o a la parrilla es como se lo debe comer, y sin piel. Se lo puede aromatizar con esencia de vainilla. Unas gotitas de limón, con su deli­cado toquecito agrio, lo convierten en un plato más que apetitoso”.

¿”Pollo”? ¿Qué es eso? preguntaban los perros. ¿Alguien sabe qué significa “agrio”?

¿Y “vainilla”? preguntaba otro.

En fin: había de todo en aquellos folletos. Hasta rece­tas. Finalmente  igual que todas las noches, una vez que los del jardín hubieron comido y regresado a sus respectivas cuchas, después de hur­guetear en algunas bolsas de residuos desperdigadas en la vereda y en la calzada, los callejeros se fueron a dormir a la intemperie y con el estómago vacío.

Al día siguiente, a la hora de siempre, vieron apa­recer al de la víbora.

¿Y, muchachos? les preguntó, espectacular el folleto, ¿verdad?

-¡Buenísimo! gritaron los callejeros. Pero hay un montón de términos difíciles; no entendemos nada.

Justamente dijo el hombre, yo tengo la solu­ción. Por eso vine a verlos.

El de la víbora abrió el portafolio y sacó un dic­cionario. Dijo:


Con este diccionario les resuelvo el problema: aquí está todo lo que ustedes necesitan para poder leer y entender el folleto.

En verdad, el diccionario no parecía caro, aunque sí para los callejeros; no podía ser de otra manera puesto que aquellos perros vivían en la indigencia. Se los vendió a crédito y en muchísimas cuotas ajustables pero de escaso monto. Compraron un solo diccionario para todos, comprometiéndose cada uno a pagar mensualmente la parte que le correspondía.

¿Cambió la situación de esos perros? Veamos. En realidad siguieron reuniéndose a la hora en que los otros del jardín salían a comer. Se paraban, como siempre, frente a los vidrios y los miraban. Pero ahora leían los folletos y, además, gracias al diccionario, lo entendían.

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                                                                                                                Ilustración de Chachi Verona

A ver decía uno de los callejeros mientras leía y dirigiéndose a otro callejero, fíjate qué quiere decir “Chorizo”.

El otro buscaba en el diccionario:

“Embutido de carne de cerdo, picada y adobada con pimentón…”

Fijate “Cerdo” decía otro.

“Mamífero ungulado, paquidermo, doméstico, de cabeza grande, orejas caídas y hocico casi cilín­drico.”

Bárbaro decía otro. Fijate qué quiere decir “Salado”.

“Salado: que tiene sal. Aplícase a los alimentos que tienen sal en exceso.”

“Fijate Dulce”, decían los perros, “Fijate Caracú”, “Fijate Asado”…

Pero un día, antes de que terminaran de buscar todas las palabras que no entendían del folleto, el diccionario comenzó a desteñir, las letras se borraban. Desesperados, bus­caron al vendedor.

¿Qué pretenden? les dijo el vendedor cuando lo encontraron-, ¿que sea eterno? ¡Todo se gasta en este mundo!

Y como los perros empezaron a ladrar con cierta impaciencia, al final se mostró más comprensivo.

No se preocupen, muchachos, tiene arreglo. Les demorará unos sesenta o trescientos días, pero se puede arreglar.

El arreglo del diccionario les salía casi más caro que comprar uno nuevo. Y mientras esperaban la reparación tuvieron que contentarse con leer y rele­er las partes del folleto que ya sabían.


Sin embargo, las cosas terminaron mejor para estos perros: los vecinos buenos del barrio, durante una reunión en la Sociedad de Fomento, se pusieron de acuerdo y decidieron darles de comer. Se turna­ron entre ellos para llevarles comida todos los días.

¿Qué será esto que nos dieron? decía alguno de los callejeros ¿Pollo o Asado?

¿Y esto? decía otro. ¿Será Agridulce?

Porque al principio les costó darse cuenta de lo que comían; falta de costumbre. Con la práctica aprendieron a distinguir olores, sabores y presas. Los buenos vecinos también les dieron casa: unos en un garaje; otros en el tallercito del fondo; otros en el bar de la esquina. ¡Y hasta los bañaban y peinaban!

El de la víbora, aunque a las cansadas, finalmente les entregó el diccionario, reparado y con garantía por treinta días.

Pero ellos ya habían tirado los folle­tos.

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                                                                                                                     Ilustración de Jorge Cuello

******************************

A este texto que titulé “Milagro alemán” no lo llamaría cuento, sino “ficción documental”. Se publicó dos veces: en 1990 por “Libros del Quirquincho” con ilustraciones de Ana Camusso, y en 1999 por Sudamericana con ilustraciones de Chachi Verona. Es un texto que se me ocurrió muy influido por lo que todavía se comentaba entre los argentinos en el tiempo en que lo escribí, y era  que en Alemania se había producido un milagro gracias al cual esa nación, con los habitantes adentro, se había vuelto millonaria y ofrecía grandes oportunidades para que todos los alemanes, incluidos los muertos, también pudieran volverse millonarios gracias a la cantidad de trabajo que allá había y a los suculentos sueldos que se pagaban en blanco. El milagro no lo había logrado ningún ser venido del cielo, sino los mismos  gobernantes de ese país.
          Lo cierto es que debido a ese fenómeno, en la Argentina muchos esperaban (yo entre ellos) que nuestros gobernantes de entonces produjeran un milagro así, o al menos parecido: era lindo soñar con que en poco tiempo todos tendríamos trabajo para elegir ─y con sueldos fabulosos─, y que podríamos ser millonarios aunque no entendiéramos de dónde podría venirnos tanto dinero.
          El problema, según también se decía, era que para producir ese milagro, los argentinos debíamos privatizar todo, incluido lo que ya estaba privatizado aunque más no fuera para privatizarlo dos veces.
          Pero si alguien quiere entender un poco más de ese milagro,  adentro del texto hay un enanito que lo va a explicar.

24* “Milagro alemán”

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                                                                                                                Ilustración de Chachi Verona

        Yo soy un señor muy bueno y progresista —decía aquel señor—, doy trabajo a la gente.

         Efectivamente: era un señor dueño de un campo y tenía como diez o noventa peones que trabajaban para él.

         Un día se le presentó un postulante:

         —Quiero trabajar para usted —le dijo el postulante.

      “¿Y este enanito, extraño y misterioso, de dónde salió?”, se preguntó el señor.

      Exactamente: el postulante era un enanito, extra­ño y misterioso.

      Pero el señor hizo enseguida el siguiente cálculo mental: “Qué me importa a mí de dónde salió. Y qué me importa si es raro o misterioso. Lo que debo tener en cuenta es si me conviene o si no me con­viene. Dicen que los enanos son trabajadores y que consumen menos. Yo pruebo”.

      —Y digamé, caballero —preguntó el señor—, ¿cuánto pretende ganar? Usted sabe que la situación está difícil. ¿Es así, caballero?

      —Chaucha y palito —dijo el enano.

      —¿Chaucha y palito? ¡Justo lo que pensaba pagar­le! —dijo el señor.

      Y lo tomó al instante, diciéndole:

      —Aquí tiene seiscientas bolsas, una carretilla, cua­renta fumigadoras, diez mil litros de pesticida, cinco toneladas y media de semillas, una tijera de podar y un sombrerito para no insolarse. Lo único que debe hacer es sembrar esas mil novecientas hectáreas mías, cosechar esas otras nueve mil también mías, cargar seiscientas bolsas en la carretilla, llevar la carretilla hasta la esta­ción que está a sólo veinte leguas de aquí, volver con la carretilla vacía para volver a cargarla y volver a llevarla a la estación, fumigar todo el campo, desbro­zar el sembrado y darle a la bomba de mano para que se llene el tanque de mi casa y me pueda bañar esta noche. Y si le agarra sed viene y me pide,  porque el agua está cara y no se la debe derrochar.

         El enanito hizo todo eso y ni siquiera pidió agua. “Me conviene”, dijo el señor.

      Y ese mismo día echó a los otros peones. “Eso sí —decía el señor—, a todos les pagué indemniza­ción.”

      Esa noche el enanito se presentó ante el señor.

      —Tiene que abonarme —dijo al señor.

      —¿Cómo, recién empezaste y ya querés cobrar?

      —Y… tengo que comer, ¿no?

      —¿Pero qué? ¿Comes dinero? Si es por comida, algo te puedo servir de lo que me sobró del almuer­zo…

      —Usted dijo que me iba a dar chaucha y palito —contestó el enano—, ése fue el trato.

      El señor no entendía nada. Pero al final se dio cuenta:

      —¡Así que vos querés que te pague chaucha y pa­lito! —exclamó el señor—. ¿Y cuántas chauchas querés?

      —Con una quedo pipón-pipón —contestó el ena­nito.

      —¿Cruda o cocida? —preguntó el señor.

      —Cruda.

      —¿Y el palito para qué lo querés?

      —Para escarbarme los dientes después de comer la chaucha.

      Rápidamente el señor agarró una chaucha y se la dio. Recogió un palito del suelo y también se lo dio. “¡Esto sí que es una ganga!”, pensaba el señor. “¡Y para colmo yo me ocupo de sembrar y vender chauchas! ¡Qué pegada!”

       Así era: el señor vivía del negocio de las chauchas.

         Al día siguiente encargó al enanito el doble de tra­bajo. El enanito lo cumplió en siete horas y cuarto. 

      Al día siguiente el señor le triplicó la tarea. El ena­nito la cumplió en ocho horas, veinte minutos.

      Un día le preguntó el señor:

      —Digamé, caballero: usted no es argentino, ¿ver­dad?

      —Bueno… Yo, personalmente, vengo de Europa, aunque mis antepasados más remotos son origina­rios del Asia, cerca de Jerusalén más o menos… Después nos fuimos mezclando. Soy alemán…

      —Con razón —dijo el señor—; y dígame otra cosa, caballero: ¿usted nació así o quedó tan chiquito por alguna enfermedad?

      —Nosotros nacemos así.

      —¿Y hay muchos enanitos en Europa?

      —Yo no soy un enanito; soy un gnomo.

      —¿Un gnomo? ¿Y eso qué quiere decir?

      —¡Fíjate en el diccionario, burro! —contestó el enanito que era gnomo.

     Y después de comer la chaucha y escarbarse los dientes se fue a dormir.

      Pero el señor no tenía diccionario. De manera que anduvo preguntando a sus amigos.

Mucho no pudo averiguar pues nadie sabía a cien­cia cierta qué es un gnomo.

      “Es un invento de los extranjeros —le explicaban algunos—, pero no existen; son algo así como ma­gos o duendes de la tierra. Todas mentiras.”

      Otros le explicaban: “A veces aparecen en las pe­lículas de Walt Disney o en los jardines y terrazas de algunas casas, pero esos son de cemento o de plástico, no de carne y hueso”.

      —No te rompas la cabeza —le dijo el gnomo al día siguiente—, y si no tenés ganas de comprarte una buena enciclopedia a pesar de lo ricacho que sos, yo te explico: los gnomos tenemos poderes sobrenaturales, somos capaces de cualquier cosa.

      —¿Es por eso que se habla tanto del milagro ale­mán? —le preguntó el señor.

      —No te preocupes —le dijo el enanito—. Ahora dame la carretilla que me voy a trabajar.

      —Este petiso me está resultando medio agresivo —dijo el señor—. A lo mejor me conviene despedir­lo y volver a tomar a mis antiguos peones aunque tenga que pagarles un poco más.

      Pero en ese momento vio algo extraordinario: las chauchas de sus hectáreas brillaban como diamantes.

      —¡Parecen diamantes! —gritó, efectivamente, el señor.

         —¡Claro que son diamantes! ¡Yo las convertí! ¿No te dije que los gnomos somos capaces de cualquier cosa?

      El señor agarró al gnomo y lo abrazó y besó amo­rosamente. Después gritó: “¡Yo me compro tres ca­sas más en Punta del Este, yo me pongo una pileta de natación, yo me compro cincuenta embarcacio­nes de placer, yo me fabrico una autopista! ¡Esto es más grande que sacar el Prode!”.

      Pero el gnomo le presentó un papelito, firmado por el señor.

      —¡Este papelito está mal —dijo el señor—, aquí sostiene que todo esto te pertenece a vos y aquí figuran mi firma y mi número de documento!

      —Y también dice que me lo entregás por los servi­cios que te presté.

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Ilustración de Ana Camusso

     —¡Si yo no escribí nada, si yo no firmé nada! —exclamó el señor—. ¡Esto es una trampa, esto es magia! ¡Es magia negra!

      —A lo mejor es milagro alemán —dijo el gnomo.

      El señor había perdido todo: casa, hectáreas y sembrados. Se puso a llorar. Di­cen que, desconsolado y pobre, se fue a vivir a Punta del Este, en un departamentito que ya había comprado antes, viajando en una lanchita que le quedó de reserva. Dicen que no come chauchas. Y que no usa escar­badientes.

      Dicen que el gnomo liquidó los diamantes, el campo y alguna que otra chaucha que quedó por ahí hasta que un día desapareció, milagrosamente, para seguir ofreciendo sus servicios.

      También dicen que nadie se animó a contratarlo.

 

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                                                                                                                  Ilustración de Ana Camusso

19 – 20 – 21 Horacio Clemente * Leer para descreer

Los tres cuentos que sumo ahora a este nuevo Blog fueron publicados por los siguientes sellos:
*El Cuento del tío: en 1990 por “Libros del Quirquincho” y por la revista “La Mancha” en 1996.
*De cómo las cucarachas se volvieron moscas: por “Libros del Quirquincho” en 1990 y por “Sudamericana” en 2001.
*De perros y guardianes: por “Libros del Quirquincho” en 1990 y por “Sudamericana” en 1999.

 

 Ilustración de Oscar Rojas

El cuento del tío
19* El cuento del tío

El tío llegó a la casa del sobrino con un paquete en la mano. El paquete estaba envuelto como para regalo. Tenía pegada —además— una etiqueta que decía: “Para vos, porque te portás muy bien”. Cuando el sobrino se dio cuenta de que su tío había llegado, corrió a saludarlo. Vio el paquete, envuelto como para regalo, que el tío había puesto sobre la mesa del comedor. El sobrino besó al tío amorosamente; el tío besó al sobrino, amorosamente.

—¿Cómo te va en la escuela? —le preguntó el tío.

—Muy bien —dijo el sobrino.

—¿Estudiás mucho? —preguntó el tío.

—Mucho, sí.

—Mostrame tu cuaderno —dijo el tío.

El sobrino salió corriendo en busca del cuaderno, volvió corriendo con el cuaderno.

El tío agarró el cuaderno. Lo apoyó sobre el paquete envuelto como para regalo. El tío se puso a hojear el cuaderno.

—Muy bien, muy bien… —decía el tío, revisando el cuaderno.

—Aquí hay un Sobresaliente —dijo el sobrino.

—Ya lo vi —dijo el tío; pero aquí hay un Regular.

—Fue porque me confundí —dijo el sobrino.

El tío retiró el cuaderno que había apoyado sobre el paquete envuelto como para regalo y se lo devolvió al sobrino.

—Guardalo —le dijo el tío.

Y agregó:

—Te felicito.

El sobrino salió corriendo para guardar el cuaderno y volvió en seguida para ponerse al lado de su tío. El tío se había sentado y, apoyando una mano sobre el paquete envuelto como para regalo, preguntó al sobrino:

—¿Te lavás los dientes todos los días?

—Sí —dijo el sobrino.

—¿Comés bien?

—Como muy bien —dijo el sobrino.

—¿Obedecés a tu mamá y a tu papá?

—Obedezco a los dos —dijo el sobrino.

El tío sacó entonces un paquetito del bolsillo. El paquetito estaba envuelto como para regalo. Tenía una tarjetita que decía: “Para la nena más buena del mundo”. Puso el paquetito sobre la mesa, al lado del otro paquete. Dijo al sobrino:

—Avisale a tu hermanita que vine a visitarlos.

El chico salió corriendo para avisar a la hermanita. Volvió con la hermanita. Los dos corriendo. La hermanita besó al tío, amorosamente. El tío la besó, amorosamente.

—¿Cómo te va en la escuela? —preguntó a la sobrina.

—Acá tenés el cuaderno para que veas lo bien que me va —dijo la sobrina.

El tío dejó el cuaderno sobre la mesa, al lado del paquetito envuelto como para regalo. No abrió el cuaderno.

—Ya me dijo tu mamá que sacaste varios Sobresaliente —dijo el tío sin mirar el cuaderno.

Y aclaró:

—Yo quería saber cómo te va con tus compañeras, si te llevás bien con ellas, si estás contenta en el colegio.

—Me llevo muy bien con todos mis compañeros; estoy muy contenta de ir al colegio.

—¿Te lavás los dientes todos los días?

—Todos los días.

—¿Obedecés a tu mamá y a tu papá?

—Obedézcoles; les obedezco.

—Muy bien; así debe ser. ¡Qué orgulloso estoy de mis dos sobrinos!
Se levantó el tío; preguntó:

—¿Ustedes me quieren?
—Te queremos mucho, te queremos mucho —le contestaron el sobrino y la nena.

—¿Me extrañan cuando no vengo a visitarlos?

—Mucho te extrañamos, claro que mucho —dijeron la sobrina y el nene.

—¿Más que a nadie me quieren?

—Más que a nadie… Sí, sí… Más que a nadie —contestaron los dos sobrinos.

El tío volvió a agarrar el paquetito envuelto como para regalo. Lo guardó en el bolsillo. Agarró el paquete más grande. Lo puso bajo el brazo.

—Me tengo que ir —dijo—; otro día vuelvo. Sigan portándose bien. Sigan sin faltar al colegio. Sigan lavándose los dientes.

Se fue con los dos paquetes.

Envueltos como para regalo.

                                                                 ………………
Ilustraciones de Chachi Verona
Cucarachas Moscas 1 jpg

20* De cómo las cucarachas se volvieron moscas

Entre todos los libros de anticipación cien¬tífica que Julio Verne no escribió, figura la historia de las cucarachas.

En realidad las cucarachas ya existían an¬tes de Julio Verne, pero un día, cansadas de andar por el suelo, decidieron discutir una cuestión. En un desierto del África organiza¬ron un gran congreso internacional al que asistieron miles de millones de cucarachas. Allí se tomaron decisiones que cambiaron la historia: las cucarachas convinieron conver¬tirse en moscas.

¿Cuáles eran las ventajas que, para las cucarachas, tenían las moscas? ¡La posibilidad de volar!

—Nosotras también podemos volar, ya que tenemos alas. ¿Por qué no usarlas siempre?

Ése fue el planteo de algunas cucarachas; efectivamente: llegaron a la conclusión de que era absurdo tener alas y no explotarlas a fondo.

—¿Por qué valemos solamente de nuestras patas? -se preguntaban las cucarachas.

La decisión no fue, sin embargo, sencilla. Otras cucarachas se opusieron a la transfor¬mación. Argüían lo siguiente:

—El volar para nosotras resultará fatal. Es¬capando por el piso, metiéndonos en los in¬tersticios más pequeños, en los agujeros más difíciles, es como mejor nos libramos de nuestros enemigos.

—Por qué mirar las cosas en sus aspectos negativos? -replicaron otras cucarachas-. ¿Por qué no buscar el lado bueno? Observe¬mos a las moscas: son miles de millones co¬mo nosotras; hace millones de años que es¬tán sobre la Tierra; vuelan de aquí para allá; ¿alguien ha podido destruirlas? ¿Y los pájaros?… ¿Y los aviones que se inventarán?…

—Además -convinieron- un nuevo pano¬rama se abrirá a nuestros ojitos y antenas; el mundo se nos volverá más amplio y apasio¬nante; tendremos una imagen mucho más rica de las cosas.

Algunas moscas que habían asistido como observadoras quedaron estupefactas: no con¬sideraban que volar fuera más ventajoso que correr zigzagueando para huir de pisadas o de los zapatillazos: “Volando es como más fá¬cilmente caemos en las telas de araña”.

Pero las deliberaciones quedaron estanca¬das cuando se planteó el asunto del equili¬brio ecológico.

¿Qué podría pasar con la Tierra, con el desarrollo de los árboles, la supervivencia de los delfines o la evolución natural? El riesgo de provocar una heca¬tombe paralizó la idea.

Finalmente se arribó a una solución; las moscas, para favorecer el proyecto sin arriesgar la vida sobre el planeta, convenci¬das de que su condición de voladoras rau¬das no las beneficiaba singularmente, toma¬ron el toro por las astas, se lanzaron a una drástica mutación y pasaron de sapo a so¬pa: dejaron que las cucarachas se transfor¬maran en moscas pero ellas se transforma¬ron en cucarachas.

Así sucedió con infinidad de géneros y es¬pecies debido a los progresos de la evolución desde que la vida surgió en la Tierra. Algunos desaparecieron en el intento, como pasó con los dinosaurios cuando decidieron convertirse en seres humanos. ¿O es que lo consiguieron y esto sigue siendo un misterio que la ciencia todavía no se animó a investigar?

 

Cucarachas Moscas 3

                                                   ………………

21* De perros y guardianes

 
                                                                      Ilustración es de Chachi Verona.
De perros y guardianes Chachi

—¡No, no, no, no! —decía el guardián—. ¡Perros en la plaza, no!
Efectivamente: el guardián de la plaza no dejaba entrar ningún perro.

—Está muy bien —decían algunas personas—; la plaza es para la gente.

—¡Vayamos a jugar a la plaza! —decían algunos perros.

Pero cuando llegaban, el guardián los echaba.

—Estoy muy orgulloso de mí —decía el guardián—, otro como yo no hay. Soy el único que hace respetar la ordenanza. Mi plaza es la única que no tiene un solo perro.

El guardián vigilaba fervorosamente a los perros. Además dormía en la plaza, en una casilla para él. Dormía con un ojo abierto y las orejas al acecho. Si oía algún perro se levantaba de la cama y lo corría. Mantenía la plaza bien iluminada durante la noche. Pero tenía una poderosa linterna para el caso de que se produjeran cortes de luz.

Poco a poco, de tanto ser echados, los perros optaron por no ir.

Un día, al amanecer, mientras el guardián se lavaba la cara y preparaba su primer mate de la mañana, llegaron unos señores con un camión y una grúa. Rodearon con cadenas el monumento de la plaza y se lo llevaron. Un perro, picado por la curiosidad, se paró a mirar.

                                                                                  Ilustración de Cris Sobico

De perros y guardianes Cris Sobico

—¡Fuera de la plaza! —gritó el guardián.

Y corrió al perro hasta que lo echó. “Ese perro casi me amarga el día”, dijo el guardián, “pero ahora puedo tomar mi primer mate tranquilo”.

Ese día el guardián regó la plaza, cortó el pasto, podó algunos rosales y se puso a escuchar la radio portátil. Así se enteró, por el noticiero, de que un monumento había sido robado de una plaza al amanecer.

Por la tarde apareció uno de esos muchachos paseadores de perros. Llevaba como quince o sesenta, todos de distinta raza y tamaño. Era una maravilla ver cómo esa cantidad tan grande de perros marchaba junta sin pelearse, obedeciendo al muchacho como si se conocieran desde siempre. Por momentos alguno de los perros chumbaba o se encolerizaba pero el muchacho lo calmaba y el perro seguía contento otra vez. Se metió en la plaza. Con los perros.

—¿Qué es esa tromba que viene allí, levantando tierra como si fuera una topadora y blandiendo un palo con clavos en la punta? —preguntó el muchacho.

Era el guardián. El muchacho y los perros no tuvieron más remedio que irse a la disparada.
“Menos mal que los vi a tiempo”, decía el guardián. Y se recostó en la cama, tratando de relajar los nervios. “Debo cuidarme”, decía, “o moriré de un disgusto”.

Mientras tanto unos señores con palas, picos, barrenos y cargas de dinamita empezaron, a pleno sol, a sacar de raíz los eucaliptos, tipas, gomeros y el único y raro ejemplar de quebracho colorado que había en la plaza. Los cargaron en cinco camiones que obstaculizaban el tránsito y se los llevaron.

Esa noche, mirando televisión, el guardián se enteró —por el noticiero— de que en una plaza se habían robado todos los árboles. Sí, porque el guardián tenía televisor en su casilla.

Sin árboles en la plaza, el interés de los perros por ir a jugar allí se perdió definitivamente.

“Poco a poco”, decía el guardián, “voy logrando mi meta. Cada vez hay menos perros en esta plaza. No hay duda: persevera y triunfarás”.

Y agregaba: “Estoy sumamente satisfecho de mí”.

Pero perros amigos de andar caminando por ahí, siempre hay. Perros que tienen dueño inclusive, y casa, y comida; que sin embargo salen por algunas horas y se ponen a pasear por esas calles y esas plazas de la ciudad, buscando alguna perrita amiga, algún hueso.

—¡Allí viene uno de ésos! —gritó el guardián.

Y antes de que el perro se diera cuenta ya estaba encima de él.

—¡Te vas o te pego!

Y el perro, que era más chico que el guardián, se fue.

De perros y guardianes Cuello                                                                             Ilustración de Jorge Cuello.

Mientras tanto otros señores con excavadoras, tractores y cascos de seguridad empezaron a levantar los postes de luz y, sin desenroscar las lamparitas de los artefactos, se los llevaron todos.

—¿Qué hace ese perro ahí? —gritó el guardián en ese momento.

Era un cachorro que recién se había escapado de su casa. Ya lo estaba echando el guardián cuando el cachorro vio que su dueño lo llamaba y salió corriendo hacia él.

—Te salvaste por poco —decía el guardián—. ¡Si te llego a agarrar!

Y esa noche, leyendo el diario a la luz de su linterna, se enteró el guardián de que la plaza quedaba a oscuras por un robo que había habido de postes y lamparitas.
Y así, poco a poco, de tantas visitas que recibió la plaza de señores que se llevaban todo, fue quedando sin monumento, sin árboles, sin postes, sin lámparas, sin bebedero, sin pasto, sin juegos y sin guardián. Pues como la plaza desapareció del barrio no hizo falta quien la cuidara.

En el espacioso lugar quedó un vacío, una especie de pozo que cuando llueve se llena de agua.

—Pero eso sí: sin perros —decía el guardián.

***
Sin embargo, resulta que una comisión de vecinos vino a hablarme:

—Es un final triste —me dijeron—; no nos gusta que este cuento termine así y menos que nos quedemos sin plaza.

—No puedo hacer nada —respondí—; hay temas que terminan bien y otros que terminan mal.

—Los cuentos de Walt Disney siempre terminan bien —contestaron.

—Esto no es un cuento; es una historia sacada de la realidad.

—Demasiado triste —insistieron.

—Lo siento —insistí a mi vez—; esta historia termina así y no la voy a cambiar.

—Entonces la cambiaremos nosotros —dijeron.

Efectivamente. Ese mismo día se pusieron a reconstruir la plaza. Pusieron el pasto, los juegos, los árboles, las luces, todo… Reservaron un generoso y especial lugar para los perros, así pueden ir sin que los echen. Hasta persuadieron al guardián, quien, desde esa vez, empezó a aceptar a los animales y a cuidar muy bien para que nadie se lleve nada. Las cosas cambiaron y ahora todos son más felices: la gente, el guardián y los perros; la plaza quedó muy linda. Lo sé, porque cuando todos los días voy a visitar a mi novia, paso siempre por allí.

17 – 18 Horacio Clemente * Leer para descreer

                                                                           Andanzas Juan el zorro Tapa   

   Otra vez me vinieron ganas de publicar cuentos de mi libro “Andanzas de Juan el Zorro” (1). Incluyo dos, y con éstos son cinco los que meto en este mismo Blog (2). Repito que el libro apareció en 1999, que lo ilustró Tabaré y que lo publicó una editorial que se llamó ODO.
     La por supuesto escasísima crítica que se publicó del libro cuando apareció lo trató bastante bien. Claudia Sánchez, por ejemplo, en una nota que escribió para el número diez de la revista La Mancha (3), lo comentó exhaustivamente y lo elogió.
     ¿Quieren leer algunas cosas de lo que ella dijo en esa revista? ¿No? Bueno… Entonces voy a reproducir un pedacito:

       “En la colección de Clemente, si bien el zorro mantiene su esencia, se muestra adaptado a los nuevos tiempos y, a través de sus andanzas, alterna el regionalismo paisajista con sus paseos por la Capital Federal, Barrio Norte, el Obelisco, los shoppings y supermercados, irrumpen los colectivos, las motos, una 4 x 4 y surgen barrios cerrados con vigilancia armada
       (…) “En Andanzas de Juan el Zorro, su autor revaloriza la tradición oral (…) pero Horacio Clemente recrea estos relatos combinando la fantasía, la ironía y el absurdo, sin desvirtuar lo folclórico, de ahí su originalidad. (…) El disparate, la ternura y la comicidad renuevan las correrías de este zorro, tan exitoso como fracasado, desde las cíclicas narraciones de los abuelos.
     (…) “Un libro que pone en evidencia la vulnerable condición humana en su lucha desesperada por sobrevivir, ante el mundo competitivo del próximo milenio.” (Se refiere, obviamente, al siglo XXI que en aquel momento todavía no había llegado.)
       El párrafo me viene bien para darme corte y también para explicar algunas cosas de estos dos cuentos que publico ahora. El primero es una adaptación que tomé de “Cuentos y leyendas populares de la Argentina”, la invalorable obra de Berta Vidal de Battini en diez tomos (yo tengo seis; igual, varios de estos tomos pueden bajarse por internet.) El segundo cuento es un invento mío, pero si bien no es una adaptación lo considero, justamente, adaptado a la época en que lo escribí y que, según estadísticas oficiales, no tiene nada que ver con la actual.
       Es que por aquel tiempo, entre otras cosas, estábamos en vísperas de elecciones y los candidatos más renombrados a presidentes eran estos cuatro hacedores de miseria (miseria para los demás, no para ellos y sus íntimos): Menem, Cavallo, Duhalde y De La Rúa. (Algunos recordarán que el elegido fue de La Rúa, ese estadista de alto vuelo que tuvimos —vuelo en helicóptero—.)
       Suficiente por hoy. Y si alguien leyó hasta acá y le quedan ganas de seguir, aquí van los dos cuentos   (al final del segundo hay algunas explicaciones más todavía):

17*

      No sé si ustedes han visto alguna vez un zorro. Yo tampoco. Salvo en el Zoológico de Buenos Aires y en algún Museo. Los del Zoológico están encerrados en una jaula de alambre tejido y rejas, cabizbajos y entre furiosos y desesperanzados, caminando de una punta a la otra en ese pedacito de cárcel como si se quisieran escapar o pedir perdón. Los del Museo ni siquiera eso. Pero también hay un montón de zorros libres, ésos que se han salvado de los zoológicos, de los museos y de las balas del hombre porque tuvieron la astucia de refugiarse en las librerías y bibliotecas, escondiéndose adentro de los libros: son los que viven en los cuentos, lo único seguro para su supervivencia.
     Zorros hay en todas partes del mundo, y cuentos con zorros hay muchísimos, más que zorros. Según esa gente que lleva cuenta de todo, sus andanzas se vienen trasmitiendo con miles de variantes desde que Esopo aprendió a escribir, y antes de eso todavía. En la Argentina hay zorros, por supuesto, y sus aventuras también se conocen desde antiguo aunque no tanto, y quienes más las conocen son la gente del interior, que son esas personas a quienes los que habitamos en la gran ciudad llamamos generalmente “gente de campo”, por más que vivan en los montes o en la montaña.
     Y es lógico que sea esa gente la que más las conozca, porque es por esos rincones por donde el Zorro solía andar. Hoy no es así; está tan adaptado a los nuevos tiempos, que se lo puede ver tanto en la Quebrada de Humahuaca como parado en el Obelisco (en la parte de abajo); y no sólo en librerías y bibliotecas sino en lugares tan solemnes como el Congreso de la Nación, la Casa de Gobierno, cuarteles, comisarías, financieras o el Palacio de Tribunales, y sus cuentos aparecen tanto en los libros como en las páginas policiales de los diarios.
     Es que para astuto, tramposo, fullero y peleador en defensa propia, no hay como el Zorro. Salvo cuando lo atrapan.
     Y ya sabemos lo que todos queremos decir cuando llamamos zorro a alguien.
     Volviendo a la Argentina, aclaramos que los encargados de trasmitir sus andanzas son nuestros abuelitos. Lo hacen oralmente, de boca en boca, como con los rumores, agregando o quitando cosas según su gusto, sin preguntar quién las contó primero. Y si insisten en trasmitirlas no es solamente para que las conozcan los nuevos chicos sino también los nuevos zorros. Pues los nuevos zorros deben aprender las historias de sus antepasados para poder repetirlas y mantener la tradición. También para que algún escritor o un periodista las recoja de cuando en cuando y las publique.

…………………………………………………………..

 

(Todas las ilustraciones son de Tabaré y están tomadas del libro, en donde este cuento lleva cuatro de esas ilustraciones.) Andanzas Zorro Tabaré Borracho
     El hombre y el Zorro ya se han cru­zado muchas veces, y no sólo para pelearse. Se sabe, por ejemplo, que si el hombre se pasa el día comiendo no es por indicación de los nutricionistas sino del Zorro.
     La historia viene de lejos y hay varias ver­siones de ese hecho. Una de ellas, que no figura en ningún lado, dice que ocurrió en el paraíso terrenal, cuando el oso convivía con el lobo, el lobo con los conejos y los conejos con las zanahorias; en esos años en que nadie comía a nadie y todo el mundo se respetaba.
     El único que ya empezaba a descarriarse era el Zorro. Él sí miraba a los conejos con una segunda intención, y al no animarse a concretarla cayó en una especie de pesimis­mo y decaimiento.      Dicen que Dios se dio cuenta y que para sacarle las malas ideas de la cabeza lo mandó al campo y le prescribió ponerse en contacto con la naturaleza y ha­cer caminatas y natación. Para que tuviera algo que lo distrajera le ordenó cuidar la parra y mantenerla regada, abonada y desparasitada. La parra era importante porque de allí salía la ropa para Adán y Eva.
    A nadar nunca aprendió, pero su oficio de jardinero lo cumplió fervorosamente. Sobre todo porque la parra da hojas, pero también da uvas.
    Todas las tardes, a la puesta del sol, cuando las nubes se enrojecen y uno se pone muy romántico, el Zorro se tiraba a descan­sar de las faenas del día. Apoyándose en el tronco de la parra, pensaba en los conejos. Para ahuyentar esas imágenes se entretenía comiendo uvas. Un día, cansado de las uvas, se le ocurrió exprimirlas; finalmente termi­nó por inventar el vino.
     Desde entonces, a la hora del crepúsculo calmo y sentimental, el Zorro, además de seguir pensando en los conejos, para distraerse se mandaba su vasito de vino.
    De un vasito pasó a dos, de dos a tres, de tres a varias botellas. Andaba más encarnado que el mismo crepúsculo en su hora pico, y se dice que el zorro colorado nació de eso.
     A la noche, sin dejar de ser zorro, dormía la mona, y a la mañana, bajo los efectos aún de los efluvios alcohólicos, vivía alegre co­mo unas pascuas.
   —La vida de campo le ha hecho bien -co­mentaban entre sí los conejos, los otros ani­males, las zanahorias y todas las hortalizas.
     No descuidaba la parra en ningún momen­to; bajo ningún concepto hizo faltar hojas o vino. Y ya no esperaba el atardecer para beberlo.
    Un amable mediodía, mientras estaba por descorchar una tercera botella, se le apare­ció Dios y le dijo:
   —Juancito, quiero ordenar un poco las co­sas y organizar ciertas costumbres para el futuro; andá a decirles a Adán y a Eva que desde ahora hay que dormir tres veces al día y comer una.
     Borracho como estaba, el Zorro cumplió la orden:
   —¡Manda a decir Dios que hay que dor­mir una vez al día y comer tres!
     Y así se produjo el desbarajuste por el que todavía estamos penando los humanos: Adán y Eva ya habían terminado de  almorzar y se disponían a dormir la siesta cuando la nue­va orden les alteró todos los planes. Obedientes como eran, buscaron enseguida algo para volver a comer. Lo único que encontraron fue una manzana. Se la manducaron entre los dos.
    Sí: nos echaron del paraíso por una man­zana, pero por culpa del Zorro y por ser dema­siado obedientes nuestros primeros padres.
    Otra versión dice que no fue durante la época del paraíso sino mucho después de la expulsión. Y que el Zorro invirtió la orden de Dios no porque estaba borracho sino por­que nos quiso embromar: nos obligó a vivir para comer y por lo tanto a trabajar y a sacrificarnos como bestias: se necesita mucho esfuerzo para ganar el dinero que nos per­mita comer tres veces por día (sin contar la merienda.)
    Los chinos, que son más antiguos que no­sotros y famosos por sus cuentos, ofrecen una variante más vieja y diferente: ellos dicen que la que trasmitió la orden fue una vaca. Creo que lo hacen por xenófobos y para restarle méritos al Zorro. En cuanto a mí, me resulta muy poco seria esa versión; a una vaca no la veo haciendo de mensajera y trasmitiendo órdenes a los humanos.
    El fondo de la cuestión es que por una orden mal trasmitida nos convertimos en glotones, hambrientos, obesos y —para peor— gente de mal dormir por acostarnos con el estómago lleno. El resto son rumores.
   Y es cierto también que en la Argentina hay un montonazo de personas —entre chicos y grandes— que sólo come salteado. Pero eso no es porque les guste hacer dieta, ni por el Zorro, ni por la vaca, ni porque lo haya ordenado Dios.
……………………………………….

                         (En el libro, este cuento lleva doce ilustraciones de Tabaré.) 

18*

     Comentan los especialistas que para que un cuento sea folklórico su autor debe ser anó­nimo. Pues bien: el autor de este cuento no es anónimo, pero como es un desconocido, da lo mismo. Pertenece al folklore urbano y sólo tiene un lustro de antigüedad. Demues­tra que el Zorro posee virtudes que le igno­rábamos y que es una suerte que exista.
………….
       Sucedió -dice el cuento- que el Zorro de­seaba retirarse, vivir en paz con el hombre (al menos con los argentinos) y no meterse con nadie. Ahora que era un sexagenario deseaba adaptarse definitivamente a la so­ciedad y, a despecho de su mala fama, con­geniar con los humanos y no provocar conflictos. Para eso buscó un ba­rrio tranquilo y apartado del conurbano. Recaló en el único barrio en donde lo admi­tieron: uno de esos andurriales abandona­dos por la mano de Dios y del Gobierno Terrenal.
     Acostumbrado a galguear y a dormir a la intemperie, el lugar le pareció bien. Allí ha­bía una casa semiderruida, a la que los veci­nos llamaban “La Derrumbada”, y el Zorro la ocupó.
      Inmediatamente esos vecinos, chusmas como todo vecino debe ser, además de es­piarlo, en lugar de decirle “El Zorro”, enseguida  lo bau­tizaron “El que vive en La Derrumbada”. Y a pesar de la desconfianza que inspiraba, no lo persiguieron.
   Era interesante ese barrio porque tenía una característica: te asaltaban a cualquier hora; los colectivos, taxis y cero kilómetros te ma­sacraban sin discriminación, y si andabas en bicicleta te la robaban enseguida. Pero el Zorro, que como dijimos había jurado no me­terse con nadie y vivir su vida, ni se enteró.
      Con algo de la plata que había ahorrado en sus correrías anteriores, el mismo día en que se mudó fue al maxikiosco para hacer sus primeras compras. Compró las galletitas más caras, la yerba más cara, el arroz más caro, los fideos más caros y la polenta más cara.
     “Este ricachón no vuelve a su casa sin que lo asalten o sin que me lo bajen de un tiro”, pensaron el kiosquero y otros pobretones que lo miraban con envidia.
     Pero no: volvió sano y salvo a “La Derrumbada”.
   Cuatro o cinco veces más salió ese mis­mo día; una vez para ir a la farmacia, otra para conocer el barrio, otra para visitar un gallinero, otra para estirar un poco las patas y otra porque se le dio la gana. Hubo varios asaltos y varios taxis y colectivos se choca­ron en diversas esquinas hiriendo y matan­do a mucha gente. Pero al Zorro no le pasó nada.
    “Qué raro”, decían los vecinos.
   Había otra característica en ese barrio, y era que la gente madrugaba para llegar a horario a sus trabajos. Para viajar sentado en el colectivo tenías que caminar unas diez o cuarenta cuadras hasta llegar a la terminal y subir allí. Pero en la terminal te esperaba una cola como de noventa me­tros. La aventura -entre salir de tu casa y sentarte en el colectivo- te llevaba de cua­renta a ochenta minutos.
    Sin embargo, y como todo tiene su lado positivo, para llegar a esa termi­nal cruzabas por la zona residencial: diez manzanas de palacetes perfumados por las flores de sus parques y custodiados por ra­dares y vigilancia armada en medio de una gran luminosidad. Allí era difícil que los la­drones se animaran y asaltaran a los tran­seúntes, y la gente sentía un gran alivio cuan­do caminaba por esas cuadras. Salvo que un custodio te tomara por delincuente y te acri­billara a balazos, tenías  el paso asegurado. Y como tampoco circulaban ni colectivos ni camiones, y como los cero kilómetros no aparecían hasta mucho después de las siete y media de la mañana, los riesgos de ser atro­pellado se te reducían a un medio, coma medio por ciento.
    ¡Cómo sería, que muchos vecinos daban extensísimos rodeos con tal de pasar por esa zona tan segura!
     Pero el Zorro no. Cuando tenía que ir al Centro por algún trámite, o cuando salía a pasear, caminaba por las calles más oscuras, solitarias y desamparadas. Y tampoco -nunca- le pasaba nada.
    “¿Tendrá un Dios aparte?”, se pregunta­ban los vecinos, “¿O eso le pasa porque es Zorro?”.
     “¿Será porque es nuevo? “, se pregunta­ban otros.
     “¿O será por suertudo?”
      Y esos interrogantes se comentaron mu­cho entre la gente.
   El Zorro los ignoraba. Como continuaba sin meterse con nadie, seguía sin enterarse de lo que se hablaba a su alrededor. Las circunstancias lo sacaron de su aislamiento.
    Un día en que una viejita acababa de salir del Banco con los cien pesos que cobraba por su pensión y que temblaba como una hoja sin ingeniarse dónde esconderlos y protegerlos para que no se los robaran, vio avanzar a “El que vive en La Derrumbada” quien, ajeno a todo como siempre, estaba por cruzar la calle lle­na de pozos y de colectivos que venían a los tumbos pero a toda velocidad.
    Para sentirse más segura, la viejita, tomándolo de una pata, le pidió que la ayudara a cruzar. El Zorro no se negó y cruzó con ella, lleván­dola nada menos que por el medio de la ca­lle. A su vez, en la vereda de enfrente, unos muchachones que tomaban cerveza por bidones y fumaban cigarrillos extraños, los miraban con cara de asaltantes y como si los estuvieran esperando.
  Después de cruzar, la viejita despidió al Zorro con un beso de agradecimiento y si­guió sola su camino y, por primera vez en muchos años, consiguió volver a su casa completamente ilesa y con todo su dinero en la mano.
      Y esto también se divulgó por todo el barrio.
    Al pasar de las semanas se sucedieron los accidentes y los asaltos. Una vez porque fun­cionaban mal los semáforos, otra vez por un apagón, otra vez por los drogadictos, otra vez por falta de policías, otra vez porque eran los policías.
     Y el Zorro como siempre: nada.
   Entonces una vecina decidió seguirlo. El Zorro continuaba con su aire de enajenado sin darle bolilla a nadie y no se quejó de que lo siguieran, pero la mujer caminó detrás de él por todos lados.     Fueron al maxikiosco, a la farmacia, al Centro, a comprar el diario, y a cruzar y recontracruzar las calles. Y no les pasó nada.
     Otro día fue un vecino quien decidió probarlo. Y le ocurrió lo mismo que a la vecina.
    “No sólo es suertudo para él; también les tira suerte a los demás”, fue la conclusión que sacaron.
   —Es evidente que el Zorro tiene poderes que no le conocíamos -dijo otro-; podría­mos adoptarlo como mascota y amuleto.
   Convencidos de que el Zorro traía suerte o algo así, más vecinos comenzaron a cami­nar a la par o detrás de él. Y largas colas, más que las de esperar el colectivo, se for­maron para seguirlo. El Zorro prefirió no quejarse. Pensó que lo acompañaban por­que le tenían cariño.
     Hasta que los vecinos se animaron y le hicieron esta propuesta:
   —Lo que le pedimos es que salga de ma­drugada y que viaje con nosotros en colec­tivo. Después nosotros nos bajamos, cada uno según la parada que le corresponde, pero usted sigue hasta el final del recorrido. Se queda unas horas, pasea por ahí, y a la noche, al salir de nuestros trabajos, se vuelve en colectivo con nosotros. Fi­nalmente, a uno por uno, nos acompaña a casa.
     —¿Y los días de lluvia? ¿Qué voy a hacer paseando por ahí?
     —Se mete en un bar y nos espera.
     Finalmente, para ablandarlo, ofrecieron hacer una colecta diaria y pagarle por el ser­vicio.
     El Zorro descubrió que había sido acep­tado definitivamente: agarró viaje.
     Todas las madrugadas abandonaba “La Derrumbada” y se largaba a caminar hasta la terminal. A esa hora salían los vecinos y lo seguían. Como un solo colectivo resul­tó insuficiente se formaron caravanas de co­lectivos. En el de adelante iba el Zorro. Y como una compensación más, le pagaban el pasaje. A la noche volvían todos juntos en los mismos colectivos y él los acompañaba.
      Pero ahora lo denominaban “El Suertudo”.
     No hubo más accidentes ni asaltos para nadie.
Andanzas Zorro Tabaré cola colectivo
     Ahora bien: ¿qué sucedía los feriados y los domingos? La gente se quedaba en su casa, durmiendo hasta tarde, preparando el asado, regando las plantas o escuchando el partido. Entonces a un vecino se le ocurrió lo siguiente: “Que se instale en la esquina donde se producen más choques y que anote los números de las chapas de los vehículos accidentados. Después jugamos esos números a la Quiniela y además de mantenerlo ocupado demostrará hasta dónde llega su suerte.”
   
     Lo hicieron. El barrio entero empezó a ganar y el Zorro recibió el diez por ciento de las utilidades.
     Ahora le decían “El de la Buena Onda”.
     Otro día se le cruzó una nena que venía con una pierna enyesada y con muletas porque había sido arrollada por un cero kilómetro cuando el Zorro todavía no vivía en el barrio. La nena tropezó frente a él, y el Zorro la ayudó a reincorporarse y le acarició la cabecita:
      —¿Te lastimaste?
    Por toda respuesta, la nena se arrancó el yeso, tiró al diablo las muletas y se fue corriendo a su casa. Se había curado de golpe. A partir de entonces al Zorro lo bautizaron “El Sanador”.
    Y cada uno que tuviera algún problema de salud le mostraba la cabeza para que él se la acariciara con la pata.
      El barrio entero se curó de todas las enfermedades que hay.   
 
Andanzas Zorro Tavaré Muletas
         La cuestión fue que lo empezaron a reclamar desde todos los barrios de la Capital y del conurbano y a rogarle que se mudara a esos lugares, aunque más no fuera para quedarse un tiempito en cada uno.
     Y hubo más que eso, porque el Gobierno Nacional, al advertir ese cambio, se adelantó a todos y lo convocó para que fuera compañero de fórmula del candidato a Presidente de la República por el partido oficialista y así ganar en las próximas elecciones. ¡Quién mejor para político que un Zorro popular, con suerte y curalotodo!
      Y así, de la noche a la mañana, además de útil al hombre, se convertía en estadista útil a toda la Nación.
   —A decir verdad -declaró a los reporteros que lo entrevistaron inmediatamente- siempre pensé que los humanos me aceptarían y que tarde o temprano terminaría como Vicepresidente de los argentinos. ¡Tanto hablar del Zorro, tanto hablar del Zorro, alguna vez tenía que darse! En cuanto a competir por el puesto de Presidente, no tengo ambiciones personales y se lo dejo al León… Salvo que el pueblo me reclame.
   
    —¡Usted sí que surgió de abajo! ¡Y eso que nunca pasó por la tele visión ! —acotó un periodista.
     No hay que extrañarse por semejante desenlace, pues en la Argentina no sería éste el primer Zorro que arribaría al poder (y si no me creen, pregunten a sus maestros.)
     Y otra cosa: a pesar de su nueva y encumbrada posición, el Zorro no abandonó el andurrial, por piedad a los vecinos -a los que siguió tirándoles buena onda-, y porque le gustaba el lugar.
      Lo que no se puede vaticinar es si su suerte seguirá y hará ganar las elecciones, porque esta historia termina antes de que se realicen esos comicios. Pero en el Gobierno dicen que sí.
Andanzas Zorro Tabaré Elecciones
   
     (1)*Los cuentos de “Andanzas de Juan el Zorro” están agrupados en ocho capítulos. Cada uno de estos capítulos estaban destinados por la editorial (ODO) a que se convirtieran en ocho libritos independientes, y esos ocho libritos, a razón de uno por semana, iban a ser publicados por un diario de la derecha comercial que lee gente de la izquierda política. Era la centellante época del uno a uno y, además del importe por Derechos de Autor que me había adelantado ODO por el libro, con la aparición de esos libritos que publicaría el diario, iba yo a recibir, también en concepto de Derechos de Autor, una torrencial lluvia de pesosdólares. Pero el diario, por motivos que ni la gente de ODO creo que llegó a enterarse, dio marcha atrás y no publicó nada. Supongo que para el diario pudo haber influido el recambio de autoridades políticas que se avecinaba. Aunque eso es pura suposición.
     Con el tiempo, ODO dejó de publicar; mi contrato con ella se venció, y los ejemplares del libro con sus ocho capítulos, sin que ODO disponga ya de ellos, siguen distribuyéndose y vendiéndose al público. Sospecho que se venden a cuentagotas. Igual no me importa, porque de todo el dinero que estuve por recibir ayer, yo no cobro ni un peso por esas posibles o imaginadas ventas de hoy.
    (2)* Tres cuentos más de este libro aparecen en estas páginas del Blog con fecha 5 de mayo de 2014.
   (3) “La Mancha” fue una revista dedicada a la literatura infantil y juvenil que apareció en junio de 1996. No recuerdo bien, pero me parece que se publicaron algo más de veinte números. Yo tengo hasta el diez y siete, aunque me falta el catorce.
Claudia Sánchez es profesora en letras y ha publicado cuentos y ensayos. Se especializa en literatura infantil y juvenil.

16 Horacio Clemente * Leer para descreer

Presentación Ventanales y El ojo
16 

   Ahora me empeciné en meter seis poemas en mi blog. Los dos primeros (“La cama” y “La araña”) aparecieron en El Ojo, el libro cuya tapa muestro en la imagen de más arriba.
El tercer poema (“Mujer de largo busto pasa todas las mañanas bajo mi vista”) en cambio, nunca se publicó, salvo en el Blog que yo tenía anteriormente y que un día desapareció misteriosamente de la Web. Pero lo que quiero decir es que los tres son los últimos poemas que escribí cuando todavía convivía e intimaba con la poesía porque creí que nos amábamos hasta que ella me abandonó y jamás se dejó ver.
Sin embargo el año pasado, 2013, me pareció verla de nuevo, aunque dudé y dudo de si su rostro era realmente el de ella. Así y todo, y sin tratar de verificarlo, volví a escribir algunos textos que me parecieron tener alguna afinidad con la poesía. Los tres últimos que aparecen en esta entrega son parte de eso que, repito, escribí en el 2013.
LA CAMA
Este bronce, esta escalera blanda, estas cuatro patas de amor,
este vestigio,
es el templo donde mi padre cazador lanzaba sus primeros hachazos,
el piano donde mi mamá escribió su primera canción a dos cuerpos.
Aquí creció el viento,
aquí se levantó el temporal,
aquí hubo lluvia muchas veces
cuando mi papá y mi mamá salían a pasear por el sol,
cuando se vestían a la moda de sus hombros iluminados,
cuando les bastaba mirarse
para engendrar incendios de ciudades enteras.
Porque este rojo patio de colchón para dos,
estas mágicas sábanas de sapos voladores de vigoroso elástico,
fue en otra antigüedad una fresca vereda recién embaldosada,
un atlántico donde una virgen vino a decidirse.
De por allí llegaron mis misteriosos hermanos,
de por allí me vine hasta esta hora
por obra y gracia de aquella algarabía
llena de música, de macetas, de pulóveres colorados,
de botellas de abejas.
Porque es aquí, en esta cama que no llora,
en este beso que el tiempo sosegó,
donde algo se hizo contra la muerte,
donde se permitió a la vida quedarse un poco más.

LA ARAÑA
En la pata izquierda de atrás de mi escritorio,
una arañita oval y absurda hizo, con cuatro hilos lánguidos,
una tela de araña que da pena.
Esta arañita y esta tela antifuncional
han convertido mi escritorio en una cosa sin sentido.
Nadie diría que esta arañita oscura
ha pensado dos veces en lo que ha hecho.
Porque qué insecto, por más distraído que parezca, podrá dejarse seducir
por esta descomunal imperfección, por esta enclenque construcción sin pretensiones.
Nadie diría que esta araña de increíble desgano
pensaba en suculentos platos cuando hizo su trampa,
nadie diría que esta patuda fea cree que la vida es una cosa seria.
Porque con honda ternura
tres veces le destruí la tela y ella, por cuatro veces, cayó en el mismo pozo de su error.
¿Qué puedo hacer, entonces?
Vale pensar que esta arañita no ha venido aquí por su gusto,
vale creer que esta barbuda no tiene ganas de vivir.
Yo digo si no se alimentará de piedad,
si no será que esta piedrita viva anda soñando con ser un moscardón barullero.
Porque no cabe duda que esta tela no sirve para nada
más que para hacerle sentir a mi escritorio
que en su quieta madera pueda meterse algo a respirar.
¿O es que será viuda esta araña? ¿O es que habrá perdido a su familia?
Yo sólo entiendo que tiene una pereza extraña.
Yo pienso que esta arañita no está bien.

                                          ******************

          Al margen de si el poema que viene ahora es poesía o no, de si debe ser publicado o tirado a la basura, a mi entender contiene dos cosas interesantes: una linda historia (a mí me parece linda) y una demostración: la de que los tiempos cambian y que, con ellos, cambian también las resonancias y hasta los significados que tienen las palabras a pesar de su etimología y de su obstinada raíz.
          La historia es esta. De mañana, y hace muchos, pero muchos años, yo acostumbraba a sentarme en un bar del centro para esperar a mi esposa que en esa época no era mi esposa. Por supuesto elegía siempre las mesas que daban a las ventanas, ventanas que daban a la calle. Mientras esperaba, miraba pasar la gente.
          Entre esa gente había una mujer que pasaba más o menos siempre a la misma hora; suponía yo que iría a su trabajo.
La mujer tenía unas tetas enormes.
          En esa época de hace muchos, pero muchos años, no era común ver mujeres de tetas tan grandes como las de hoy (ya sabemos cómo lo logran), cuando lo que ahora provoca mayor asombro por ser lo menos común, es ver a una mujer de tetas medianas o diminutas.
          Lo cierto es que esa mujer, cada vez que pasaba frente a donde yo me sentaba, dado el tamaño de sus tetas, me dejaba conmocionado. Pero a pesar de la conmoción, sus tetas no me gustaban. A través de la ropa se notaba que eran demasiado cónicas, demasiado largas, demasiado puntiagudas para mi paladar; digamos; casi como dos obeliscos horizontales. De tanto verla pasar, y de tanto esperar a la que sería mi esposa que siempre se retrasaba, y de tanto conmocionarme, un día me puse a escribir un poema dedicado a esa mujer. Un poema que nunca le mostré.
          Claro: en esa época usar la palabra “teta” no era, para mi sentir de entonces, muy poético. Y en lugar de “teta” puse “busto”. Hoy pienso que no; “busto” puede sonar a arcaísmo o a eufemismo ridículo, mientras que “teta” y las demás palabras que ahora varones y mujeres pronunciamos públicamente para nombrar las otras zonas adyacentes de nuestro cuerpo, se volvieron más apropiadas y adscriptas al buen decir. Circulan tan de boca en boca (y no me refiero solamente a los hinchas de cierto club), que al escucharlas o al leerlas no nos resultan ni obscenas ni groseras. Al contrario: nos parecen bellas y nos provocan las más elevadas exaltaciones espirituales (aunque no voy a poner ejemplos).
          Reconozco que todo esto es sabido. Pero no importa. Lo que quiero es publicar ese poema en mi blog.
Para resumir: publico el poema en sus dos versiones: la vieja (es decir la original que escribí en aquel entonces), y la nueva, es decir, tal cómo lo escribiría ahora (¿sí?):

MUJER DE LARGO BUSTO PASA TODAS LAS MAÑANAS BAJO MI VISTA*

Mujer de busto terriblemente adelantado,
llega siempre antes a todo lugar
y es mirado lo primero y se lo toca
de alguna manera siempre.
Lo que adentro de él por debajo de la piel desarrolla,
hace pensar en altas fabricaciones militares
y llama a las filas a los que por él harían fila.
Como conmovedor de ideas,
saludo que desborda la ropa sugiere arena en movimiento;
como trozo sexual: casi parte total de ésta que pasa,
suma imposible de disimular.
Aparentemente: bandeja para dar a los pájaros de comer;
en realidad: colgadero de niño tierno que crece a su alimento,
peñasco en donde hombre agárrase al subir,
vertiente con amor oral en el medio.

Mujer que pasa mañana a mañana, tenga usted larga vida
como tal busto requiere para su total conocimiento.

CÓMO SERÍA LA VERSIÓN ACTUAL:

Mujer de tetas terriblemente adelantadas,
llega siempre antes a todo lugar
y son miradas lo primero y se las toca
de alguna manera siempre.
Lo que adentro de ellas por debajo de la piel desarrollan,
hacen pensar en altas fabricaciones militares
y llaman a las filas a los que por ellas harían fila.
Como conmovedoras de ideas,
saludo que desborda la ropa sugieren arena en movimiento;
como trozo sexual: casi parte total de ésta que pasa,
suma imposible de disimular.
Aparentemente: bandejas para dar a los pájaros de comer;
en realidad: colgaderos de niño tierno que crece a su alimento,
peñascos en donde hombre agárrase al subir,
vertientes con amor oral en el medio.

Mujer que pasa mañana a mañana, tenga usted larga vida
como tales tetas requieren para su total conocimiento.

* Este poema, en su versión primera, me lo ilustró Oscar Negro Díaz cuando nos presentamos en una exposición de poemas ilustrados que habían organizado David Scheinsohn y Cuqui en su desaparecida galería de Cabildo y Juramento. Desgraciadamente para mí, el tiempo, las mudanzas y los displicentes descuidos borraron para siempre el busto, las tetas y todo el resto de la ilustración del querido Oscar Díaz.

                                                  *****************
Tres de los textos que escribí el año pasado:

LO QUE NOS SURGE SIN PENSAR

Escribo un poema, que no es mejor que el de otro.
Ni peor.
Unos dirán que sí, que es peor; otros que no, que es mejor.
Otros no dirán nada. Lo leerán y quedarán vacíos, sin nada que decir, que opinar. Nada sintieron.
No entiendo de dónde me surgió este poema, por qué lo escribo así,
por qué lo escribo.
Me llega desde la mente; no sé; allá en el fondo de la mente, donde está lo que nunca comprenderé.
No tiene estilo este poema, su lenguaje es común, vulgar y demasiado llano; carece de originalidad este poema, no vale nada. ¿O sí? ¿O no?
¿Pero por qué lo escribo? ¿A quién?
Y es que si nada tiene, nada me puede dar, entonces nada le pediré.
Nada le pediré.
Sólo que me produzca placer.
Que me produzca desahogo.
Que me brinde atención.
Que se deje escribir.
Que me aplauda aunque no crea ni en mí ni en él. Que me escuche. Que me comprenda, sí, que me comprenda. Que se quede conmigo.

Eso le pido.
Nada más.
Aunque sea solamente por hoy.
                                            

BOMBACHA ROSA. CALZONCILLO AZUL.

Tira esa bombacha insulsa y cámbiala por esta erótica.
El sexo entra por el tacto, pero también por los ojos, y una bombacha rosa con las puntillas bien zurcidas, siempre tendrá un calzoncillo azul que la ame. Y viceversa, por supuesto, bien lo sé; no soy machista.
¿Fetichismo? Claro que sí. Pero un poco de fetichismo no es malo. Lo dijo Freud y lo repiten sus discípulos, como tampoco es malo un poco de agresión, y un poco de depresión, y un poco de maldad. Al contrario. Un poco de todo y de todo un poco; así se vive ordenadamente. Nunca en el justo medio; eso no; el justo medio buscaría que la otra parte valga lo mismo que la otra, y eso es malo, eso no es un poco de todo.
Es mejor que la balanza se incline, y se incline hacia el lado de la salud.
El sexo, sí, el sexo, esa parte que ocupa casi toda la vida de las personas como la vida de los animales. No tanto como la de las plantas;
las plantas están más ocupadas en beber.
Pero volvamos a la bombacha:
una de lencería erótica, aunque enseguida te la saques, o te la quiten, te hará saber lo que es tener a un hombre encima en tierras movedizas, o a una mujer, si te gusta más.

                                                 
FUISTE A PESCAR

Has salido a pescar. Y has pescado.
El pez, en tierra, coleteaba hasta que se cansó. Hasta que dejó de respirar. Hasta que dejó de ser pez.
Fue en vano que boqueara. Y me parece bien que, cuando ya estaba por morir, le cortaras la cabeza. Así terminaste con su agonía. Fuiste bueno.
Ahora te relamés al encender el fuego, echar aceite en la sartén y esperar a que se caliente para poner allí lo que pescaste. Lo descamaste muy bien, lo fileteaste. ¿Quién te enseñó a hacerlo así, con tal maestría? ¿Aprendiste solo? Te felicito.
Es un apetitoso pescado, carnudo y blanco. Pero mejor no lo comas. Y si lo comes, mejor no lo hagas sin pensarlo antes bien.
Tienen espinas los pescados, son el arma con la que se desquitan, y aunque no estén envenenadas como podría estarlo la punta de una flecha, si se te clava alguna en la garganta, o en el estómago, ya sabés lo que te puede pasar.
No es la naturaleza la que se venga, en la Tierra la naturaleza no existe más, ni siquiera la encontrarás en lo más profundo de cualquier pozo que hagas. Es la memoria, la memoria del pasado que está en el fondo de cada pez, de cada hormiga, de cada persona que fue animal en un tiempo.

Fuiste a pescar. Y pescaste. Y creíste que con ese pez, a quien privaste del agua, estabas dominando el pasado, terminando con él, suplantando la historia con una sartén y el aceite.

 

14 – 15 Horacio Clemente * Leer para descreer

 

Este relato lo publicó Sudamericana en un librito que se llamó “Asaltos de rana”. Fue en 1994.

 

Amiga 1 Elizalde con texto

(14)

Una amiga que tuve

Amiga 2 Elizalde.achicada

       Era una chica llamada Margarita y que vivía frente a mi casa y que tenía una mamá.

       —¡Uy, qué mal veo el futuro de mi hogar! —solía exclamar esa mamá.

       —¿Y por qué, señora mamá de Margarita? —le preguntaba yo.

       —Tengo mis grandes dudas y temores.

       Y me señalaba el baldío que estaba a la derecha de su casa y el palacete de principios de siglo que se levantaba a la izquierda.

       ¿A qué le temía esa señora?

       Su casa era una de esas casas que había antiguamente pero que todavía quedan: jardín al frente, huertita con gallinero al fondo, patio en el medio y azotea. Todo lleno de macetas, flores, higuera, granado y limonero.

       De noche, en el patio abierto al inmenso cielo, Margarita y yo mirábamos las estrellas y tratábamos de contarlas, tarea imposible que sin embargo nos acercaba más y nos hacía más amigos.

       En cuanto a la mamá, ella pasaba el día entre la cocina y las plantas, y cuando trabajaba en el jardín durante la primavera y el verano, cantaba. Es que las mamás que había cuando yo era chico, en el lugar en donde más estaban era en la casa. Y era como si a todas les gustaran las plantas.

        Pero a mí lo que más me gustaba era Margarita.

       —¿Y cuáles son esas dudas y temores que usted tiene, señora? —le preguntaba yo toda vez que iba a jugar con Margarita en su casa y la mamá venía para ver lo que hacíamos.

       —Es como si me ahogara, como si me faltara el aire.

       ¿Sufriría de claustrofobia esa señora?

       Un día me crucé hasta la casa de Margarita y vi, con sorpresa, que el jardín se había achicado, que las macetas y las plantas medían más o menos la mitad de lo que habían medido siempre, y que Margarita me llegaba al ombligo mientras que la mamá era tan bajita como yo. 

        —¿Viste? —me dijo Margarita—, empezaron a construir en el baldío de al lado.

       Y en el baldío de al lado se levantó un edificio de departamentos, con quince o veinte pisos, tres ascensores, porteros eléctricos y sombra.

       —Todo lo podríamos soportar —me dijo la mamá de

Amiga 3 Elizalde

Margarita—, los mazazos, los escombros, el polvillo que se expande por todas partes… Pero lo que nos aplasta es esa penumbra.

       ¿Sería por eso que se habían encogido tanto? Esperé a que se les pasara.

       Pero no: meses después la mamá de Margarita apenas me llegaba al  ombligo  y   Margarita a las rodillas; fue porque el palacete de la izquierda había sido vendido, demolido y reemplazado por una torre de treinta y cinco pisos con sombra.

       Hasta que un día, prensada por ambas sombras, la casa de Margarita se resquebrajó y derrumbó.

       Margarita se mudó, con su mamá, su papá, su hermano, su perro y su bicicleta.

       Y en el lugar en donde había estado su casa empezó a crecer otra torre. Hasta que la sombra de esa torre comenzó a proyectarse contra la vereda de enfrente; justo sobre mi casa. De mi casa no quedó nada. Ahora sólo hay una torre con ascensores, porteros eléctricos, vigilancia, encargados y cocheras.

      Y sombra.

      Cuando miro el cielo, cuando miro una flor, me acuerdo de Margarita, la amiga de la que me había enamorado.

Amiga 4 Elizalde

………………………..

“La nena que no quería llamarse así” se publicó dos veces en libro. La primera por la editorial Libros del Quirquincho en 1990; la segunda por Sudamericana en 1999. Por mi parte, esta es la segunda vez que lo incluyo en un Blog. La primera de las ilustraciones que siguen es de Chachi Verona para la edición de Sudamericana. Las dos siguientes las hizo Jorge Cuello para la edición de Libros del Quirquincho.

La nena 3 que no quería

 

(15)

La nena que no quería llamarse así.

       —No me gusta el nombre que me pusieron ustedes —decía esa nena.

       —¿Y cómo te querés llamar? —preguntaba la mamá.

       —De otra manera; no me gusta mi nombre.

       —¿No te gusta? —preguntaba a veces el papá—. ¡Ese nombre tan lindo!

     —No.  No me gusta.

       Al principio ni el papá ni la mamá se preocuparon hondamente. Se preocuparon un poco, no demasiado. Otro día la nena dijo: 

La nena 1 que no quería

       —Mamá, ¿por qué me pusieron ese nombre tan feo?

       La mamá le contó entonces el trabajo que les había dado elegir un nombre: 

       —Tu papá y yo hicimos una lista de nombres y empezamos a marcar los que más nos gustaban; estuvimos ocho meses pensando.  Finalmente, descartando y comparando, seleccionamos dos.  No sabíamos con cuál quedarnos hasta que elegimos el más lindo.

       —Pero yo quiero llamarme de otra manera —dijo la nena.

       —Este asunto se está poniendo medio pesado —dijo, otro día, el papá.

       Efectivamente, la nena insistía en que no quería llamarse así.

       —¿Y no puedo vivir sin nombre? —preguntó, otro día, la nena.

       —¿Nunca viste en la televisión esa propaganda que habla de la importancia del nombre? —preguntó el papá.

       —Una vez la vi, sí, pero vos siempre me decís que no hay que creer en la publicidad —contestó la nena—. ¡Y yo quiero llamarme de otra manera!

       —¿Viste? —dijo la mamá al papá—. ¡Le hubiéramos puesto el nombre que decía mi hermano!

       —¡El de tu hermano, no! —dijo el papá—. ¡El que había elegido mi mamá, ése le hubiéramos puesto!

       Discusiones así, entre el papá y la mamá, demostraban que, efectivamente, la cosa estaba subiendo de castaño oscuro.  Y fue subiendo.

       Un día la mamá llamó a la nena, por su nombre.

       Le dijo:

       —¡Vení a tomar el desayuno, que se enfría!  La nena no fue.

       Otra vez, llamándola por el nombre, le dijo:

       —¡Vení que te muestro el vestido nuevo que te compré!

       La nena no fue.

       Sonó el teléfono y la nena atendió: era una amiguita que la invitaba a su fiesta de cumpleaños, llamándola por el nombre.  La nena cortó, ofendidísima.

       Un día dijo la nena:

       —Me cambié el nombre; desde hoy me llamo De Otra Manera.

       —¿De cuál? —preguntaron el papá y la mamá.

       —De Otra Manera. ¿No me oyeron?

       —¿Y ése te gusta más que el que te pusimos nosotros? —preguntaron, otra vez, la mamá y el papá.

       —¡De Otra Manera! —dijo la nena.

       Así que ahora la mamá, cuando quiere llamarla, le dice:

       —De Otra Manera, poné la mesa que vamos a comer.

       Y el papá:

       —¿Querés que vayamos al cine, De Otra Manera?  Y cuando una amiga le telefonea:

       —¿Venís a mi fiestita, De Otra Manera?

       Pero un día la mamá la volvió a llamar:

       —De Otra Manera, vení que te muestro este regalito que te compré.

       La nena no fue.

       Y otro día la llamó el papá, al llegar del trabajo:

       —Mirá lo que te traje, De Otra Manera.

       La nena no quiso mirar.

       Y cada vez que la llamaban De Otra Manera, se tapaba las orejas.

       Hasta que una mañana se levantó muy contenta.  Abrazó a su mamá y le dijo:

       —¡Qué hermoso es el nombre que me pusiste, mamá!

       Y al papá le dijo lo mismo.

       —¿Ya no te querés llamar más de otra manera? —le preguntaron.

       —Quiero llamarme como me pusieron ustedes —dijo la nena—. ¡Me gusta una barbaridad mi nombre!

       El papá y la mamá, que sabían muchísimo de todo, se dijeron: “Y… Así pasa a veces… Pasa con los amigos… Pasa con los celulares… Pasa con los caramelos… Pasa con la ropa… Un día nos gustan cosas que después no las queremos ni ver; otro día nos desesperamos por recuperar lo que acabamos de tirar…”

       —Sobre gustos no hay nada escrito —dijo el papá.

       —Sí, por eso me enamoré de vos —dijo la mamá.

       —Y yo de vos —dijo el papá.

       Y se dieron un besito, el papá y la mamá.

 

La nena 2 que no quería

 

12 – 13 Horacio Clemente * Leer para descreer

 

El relato que viene a continuación formó parte de un libro para chicos que me publicó Graciela Montes en 1988 y en la editorial Libros del Quirquincho.. A partir de entonces se publicó en por lo menos dos manuales para las escuelas y en la página Web de una entidad dirigida por médicos psicoanalistas que agrupa también a otros profesionales de las ciencias del hombre. Hace unas semanas apareció en “En Réplica”, revista de debate y experiencias dirigida por gente y a gente de teatro. Dado el abanico de medios en que se publicó, me hace pensar que este texto es un LIJATE de pura cepa. Y si no es así, me basta conque yo me lo crea.

Las dos ilustraciones que aparecen en el relato las realizó Ana Camusso para la edición Libros del Quirquincho. Buenos Aires Fundación 2

(12)

“La verdadera fundación de Buenos Aires” 

 

          Buenos Aires se fundó cuando aquí no había nada, ni siquiera indios.  Y esta historia es verídica porque me la contó mi papá.  El asunto fue así: era puro campo y había un señor pobre como una laucha pero que tenía la cabeza rica en ideas.  Desesperado por ganar algún peso (los dólares no se habían inventado todavía) se le ocurrió construir una playa de estacionamiento.

       —¿Una playa de estacionamiento en medio del campo? ¿Estás loco? —dijo la mujer.

       Pero el hombre la hizo callar de un latigazo (aunque sea feo saberlo, en esa época había maridos que pegaban a las mujeres mucho más que ahora).

       —¿Estás loco, pa? —exclamaron los hijos. 

       Pero el hombre les tapó la boca a trompada limpia (en esa época a los hijos se los educaba de esa manera).

       —Ustedes no saben nada —dijo el hombre; y agregó—:  es una novedad.

       Y se puso a construir la playa de estacionamiento.

       La cosa era bastante absurda, aparentemente. Una playa de estacionamiento, en medio de la pampa desierta, habiendo miles de kilómetros libres donde estacionar a gusto y en cualquier lugar, sin inspectores, sin tarjetas y sin lado derecho o izquierdo.  Pero el hombre era tozudo y tenía una gran fuerza de voluntad.  Puso también un cartel muy grande, luminoso, que decía: Novedad.  Precios rebajados.

       No pasaba nada.  Pero un día un coche entró en la playa y estacionó.  Al rato estacionó otro.  Después otro.  Y otro.  Y otro más.

       —Es una novedad —decían los dueños de los coches—.  Y además tiene sus ventajas: no hay tierra, te cuidan que no se te metan víboras en el auto, o zorros, o chimangos.  Es una buena idea.  Y no es caro, si lo pensás bien.

       En medio de la pampa, de la nada más solitaria, la playa de estacionamiento, día a día, fue llenándose de coches.  Hasta que se hizo famosa y se convirtió en la gran moda.  Hubo gente que compró auto nada más que para estacionar allí.

       —Te veo en la playa de estacionamiento —se decían los amigos cuando concertaban alguna cita.

       —Te espero en la playa de estacionamiento —se decían los novios.

       —Mejor lo arreglamos en la playa —decían los hombres de negocio.

       Llegó un momento en que todo el mundo quería entrar en la playa de estacionamiento, aunque no tuviera coche.

       Hasta que uno dijo:

      —Hice mi casa a cinco cuadras de la playa de estacionamiento, así no tengo que viajar tanto para llegar hasta ella.

       Otro dijo:

      —Compré un terreno a tres cuadras de la playa de estacionamiento y voy a construir mi chalet con pileta.

       Otro dijo:

       —Voy a vivir a media cuadra de la playa de estacionamiento.

      Y así empezaron a construirse casas, cada vez más cerca de la playa de estacionamiento.

      Un cartel decía: Oportunidad única: vendo departamento a solo diez cuadras de la playa de estacionamiento; el departamento se vendió en seguida.

       Después se hicieron casas a quince cuadras de la playa de estacionamiento.  Después a veinte.  Después se construyeron edificios de diez pisos, de treinta, de cuarenta.  El asunto era estar cerca de la playa de estacionamiento.  Hasta que otro tuvo la idea de construir otra playa de estacionamiento.  Y todo el mundo fue a estacionar a esa nueva.  Y se levantaron casas y departamentos a su alrededor.  Y otro construyó otra playa de estacionamiento, más moderna.  Y otro construyó otra.  Y otro otra.  Y otra.  Y otra más.  Y por eso Buenos Aires está lleno de playas de estacionamiento, aun bajo tierra.  Y los que no pueden entrar estacionan en las calles o en los garajes, esperando que se construyan nuevas playas de estacionamiento. 

       Así se expandió Buenos Aires.  Así se llenó de casas y de gente.  Y también de automóviles.

       Cuál fue la primera playa de estacionamiento, en dónde estuvo ubicada, eso ni se sabe ni interesa; que de ello se ocupen los estudiosos, que para eso les pagan tan buenos sueldos.

       Mi papá, que también es rico en ideas, siempre me cuenta esta historia de cómo nació Buenos Aires.  Y a veces, principalmente a mitad de mes, cuando se apoltrona en su sillón a tomar mate me dice: “Algún día me voy a ir a la Patagonia para poner una playa de estacionamiento.” 

       Y me sienta en sus rodillas y jugamos a que él es un automóvil y que yo soy el que maneja, rumbo al sur.

Bs. As. Fundación 1

*************************

Este diálogo —porteño— lo publicó “Libros del quirquincho” en 1990. Nueve años después lo publicó Sudamericana.

Esta ilustración la realizó Chachi Verona para la edición de Sudamericana.

Diálogo porteño

(13)

 “Diálogo porteño” 

       —¡Oiga… Diga!…

       —¿A mí me hablan?

       —Sí. ¿Conoce la calle Artigas, maestro?

       —¿Maestro yo? ¡Si apenas terminé la primaria!  Tuve que ayudar a mi papá desde chico.

       —¿Qué me está diciendo, mozo?

       —Eso sí que no lo hice, ¿ve?  De mozo nunca trabajé.

       —Estoy apurado, hermano. ¿Conoce o no conoce esa calle?

       —Siempre me dijeron que era hijo único, ¿hermano de dónde?

       —¿Me está tomando el pelo, compañero?

       —Le aclaro: peluquero tampoco soy.  En cuanto a lo de compañero… ¿De qué colegio?

       —Amigo: la calle Artigas…

       —Amigo puede ser mientras no me pida plata.

       —¡Vamos, viejo, si lo único que le pido…

       —Viejo no: me queda mucha cuerda todavía.

       —¡Nene, no me haga bromas!

       —Tampoco hay que exagerar; hace años que dejé el chupete.

       —¡Dale, negro!

       —Un poco quemadito, nada más, y por el sol.

       —Qué complicado es usted, tío.

       —Más tío será su abuela.

       —Me está aburriendo, loco; ¿sabe o no sabe?

       —Bueno… Dicen que los locos son los más sabios…

       —Lo único que quiero es encontrar esa calle, joven.

       —¿Usted cree? ¿Qué edad me da?

       —Me ganaste, flaco; abandono.

       —¿Flaco con noventa kilos?… Mire: si busca esa calle pregúntele a aquel señor.

       —¿El mono que viene allá? ¡Gracias, m’hijo!… ¡Oiga!… ¡Diga!… ¡Coso!… ¡Che!… ¿Conoce la calle Artigas, maestro?

11 Horacio Clemente * Leer para descreer

Subte Chachi Verona                        Ilustración de Chachi Verona para la edición de Sudamericana.

EL SUBTERRÁNEO DESOLADO es un cuento que también apareció dos veces en libro. La primera (1990) fue en “El zoológico por afuera” con el sello de Libros del Quirquincho y con ilustraciones de Ana Camusso. La segunda fue en “El Obelisco de Buenos Aires y otras extravagancias”, con el sello de Sudamericana (1999) y lo ilustró Chachi Verona. Pertenece a la categoría LIJATE y es, como dije otras veces y como ocurre con todos mis escritos, absolutamente autobiográfico.

Ana Subte 1

Las tres ilustraciiones las hizo Ana Camusso para la edicióm de “Libros del Quirquincho”.

(11)

       Esta historia presenta dos problemas: es algo triste y carece de final.  Quien quiera enterarse que la lea; yo avisé.

        Era un subterráneo que trabajaba todo el día bajo tierra.  A la noche, al terminar el horario y antes de encerrarse a dormir, se daba una vueltita por el café para charlar con los amigos.  Sus amigos eran un tren, un micro de larga distancia, un taxi y una bicicleta.  Con el tren había cierta rivalidad, sobre todo porque el tren agredía gratuitamente.

       —Qué hacés, gusano —le dijo el tren esa noche en el café cuando lo vio llegar, agrediéndole, como se ve, gratuitamente.

       —Hacete el chistoso nomás, que algún día me vas a encontrar medio atravesado y te voy a hundir los paragolpes hasta el furgón de cola.

       El tren se divertía a lo grande con los enojos del subterráneo.

       —¿No sabés —le decía el tren— que a mí nadie me gana? ¡Ni el micro de larga distancia me gana a mí!

       —Hacete el vivo conmigo —decía entonces el micro—, que algún día voy a cruzar el paso a nivel con las barreras bajas y con las campanillas sonando como locas y te voy a descarrilar de un topetazo.

       —No te enojés, micro —agregaba el tren con cierta sorna—; mejor desquitate con el chiquitín (y señalaba al taxi).

       —Todos se hacen los vivos conmigo —decía el taxi—, pero el día en que cualquiera de ustedes dos me agarre desenfrenado…

       La bicicleta no decía nada; prefería oír en silencio, con una sonrisita histérica.

       —¿Y vos de qué te reís, bípedo con manubrio? —decía entonces el taxi a la bicicleta, agrediendo, él también, gratuitamente.

       —Nada —decía la bicicleta—; me acordaba del pobre tipo a quien casi atropello hoy cuando crucé con los semáforos rojos a toda velocidad.

       Y todos, al oír lo que contaba la bicicleta, se echaron a reír graciosamente y continuaron la reunión entre sorbo y sorbo de café, whisky, vino rosado, cerveza y ginebra.  Porque a decir verdad, y a pesar de tanta agresión, entre ellos eran realmente amigos.  Por eso el tren enseguida se disculpó:

       —No se enojen, muchachos, que si no vamos a parecernos a los de “Polémica en el Bar”; ya sabemos cómo andan las cosas últimamente y uno vive en tensión; todos estamos muy nerviosos y con necesidad de descargarnos y chichonear un rato.

       —Tenés razón —decían los otros.

       Y se abrazaban, y se besaban, y se daban la mano, y seguían chichoneando.

       Pero el subterráneo estaba triste.

       —¡Cómo me gustaría conocer el sol! —suspiró finalmente.

       —¡El sol! —exclamó el tren—. ¡El famoso astro rey! ¡No sabés cómo molesta cuando da sobre el parabrisas y uno viene a toda máquina!

       —En verano no lo aguantás —dijo el taxi— y en invierno, cuando más lo necesitás, no aparece. ¡No me hablés del sol!

       —¿Es cierto que es redondo? —preguntó el subterráneo.

       —Así dicen —contestó la bicicleta—; es como una bola de fuego.  A veces en verano, como dijo el taxi, el asfalto se pone tan caliente que se te revientan las gomas; es peligrosísimo.

       —Yo no tengo gomas —contestó el subterráneo—; en verano, justamente, escucho  hablar  a  los  pasajeros que vuelven de vacaciones  y  te cuentan de este paisaje, y de tal playa, y de este sol que tomaron, y de esa caminata que hicieron bajo un sol espléndido, y de cómo se doraron y de cómo se durmieron al sol, y de cómo pusieron a secar la ropa.  Y algunos se muestran fotos y te cuentan que estaban en medio del mar en un día radiante, o que estaban en la montaña o en una pradera, pescando o cabalgando o jugando al golf, y te hablan del sol, y de lo maravilloso que es el sol, y de lo saludable, y de lo vital.

       —No es para tanto —dijo el tren.

       —Si yo pudiera asomarme al sol —dijo el subterráneo—, andar por esas vías al aire libre o por esos asfaltos ardientes; si yo pudiera tostarme un poco el techo aunque se me descascarara la pintura; si yo pudiera andar alrededor de los lagos mirando el agua luminosa o enrojeciéndome con los atardeceres.  Ah, si yo pudiera proyectar alguna sombra gracias al sol de las mañanas… Si pudiera conocer esa vida…

       —No exagerés —dijo el micro—, pero si querés conocerlo, mañana voy a traer unas diapositivas que tomó mi hijo con una camarita de morondanga que saca unas fotos fantásticas y así te das el gusto.

      A la noche siguiente, en el café, el micro trajo las diapositivas y un proyector.  El dueño del bar apagó las luces —el dueño del bar era una motocicleta retirada— y todos se pusieron a mirar.

       —Bariloche —decía el micro de larga distancia explicando cada diapositiva proyectada—; Lago Nahuel Huapi; el sol era tan fuerte que te obligaba a cerrar los ojos.  Era un día formidable; aquí comimos diez kilos de chocolate.  Había que apurarse a comerlos porque el solazo los derretía en un minuto.  Mi mujer no se quería volver… ¡Qué bien la pasamos!

       Venía otra diapositiva.

       —Cataratas del Iguazú —explicaba el micro—; fuimos en primavera; un sol que rajaba la tierra y eso que había llovido.  Allá atrás se ve el arco iris. ¡Qué espectáculo! ¡La pasamos mejor que en Bariloche!

       Seguía proyectando y contando:

       —Mar del Plata; comprábamos dos panchos para cada uno y nos tirábamos en la playa todo el día.  Nos tocó un tiempo de novela; volvimos negros como el azabache.  La pasamos todavía mejor que en Cataratas.

       Las diapositivas se reiteraban bastante en lo que mostraban, pero siguieron mirándolas con atención; finalmente se aburrieron.  Menos el subterráneo.

       —Bueno, muchachos —dijo el dueño del bar—, hay que cerrar el boliche.

       Y encendió las luces.

       Advirtieron entonces que el subterráneo se sonreía con tristeza, que es una manera de lagrimear que tienen esos medios de locomoción.

       —Me voy —dijo entonces dejando de sonreír, es decir, de llorar—, que mañana tengo que empezar temprano.

       —Te acompaño —le dijo el taxi.

       Y lo acompañó para no dejarlo solo, para tratar de consolarlo.  Porque así son los amigos.

       —Estuviste mal —le dijo el tren al micro cuando el subterráneo se fue—. ¡Cómo se te ocurre traer esas diapositivas llenas de sol!; ¡sos una bestia!

       —Yo creí —dijo la bicicleta— que ibas a mostrar fotos nocturnas, o nublados, o interiores.

       —Quizá —dijo la motocicleta— si hubieses traído una videocasetera lo habrías dejado más contento. ¡Proyector de diapositivas! ¡Qué antigüedad!

       —Así que uno trata de hacer un bien —dijo el micro— y lo retan.

       Y se sonrió con cierta tristeza; una manera de llorar que tienen también los micros de larga distancia.

       —No llorés, no llorés más —le dijeron los otros——, vos estuviste bien; la culpa no es tuya.

       Y lo palmearon, demostrando el cariño que sentían asimismo por él.

      Y como querían hacer algo por el amigo subterráneo, a éste le aconsejaron, al día siguiente, que enviara una carta al ministro de transportes.

Ana Subte 2      

—A lo mejor te cambia el horario o te manda al subte de Primera Junta, que de cuando en cuando sacan a la superficie —le dijeron.

       El subterráneo les hizo caso y escribió.  El ministro de transportes, inmediatamente, le contestó.

       “Amigo subterráneo”, decía la carta del ministro, “entiendo su caso y me aflijo porque usted quiere sentir el sol y no puede.  Pero no se imagina el bien que les está haciendo a los pasajeros.  Piense en ellos.  Y piense también en los mineros, que la pasan peor que usted y encima ganan menos.  Lo felicito.  Trate de tirar buenas ondas; meta pata y ¡adelante con los faroles!”

       “Para qué le habré escrito”, pensaba el subterráneo.  Sin embargo, no quiso lamentarse ante sus amigos.  “Trataron de ayudarme —se decia—; pensaré en nubes, soñaré con la luna, con las estrellas.”

       Poco a poco fue abandonando el café y se hizo amigo de los serenos.  Lo que no se sabe es si alguna vez se conformó realmente.  Se sabe, en cambio, lo que hizo, pues eso se publicó en todos los diarios de la fecha.

       Un día partió de la terminal y no arribó a ninguna estación; los andenes se abarrotaron de pasajeros ansiosos y apurados pero el subterráneo éste no llegó nunca.  Se ignora en dónde se metió.  Una revista sensacionalista informó que había   cavado  un  túnel  y  que  se  lo  vio salir por la cima del Aconcagua.  Otra revista –seria– dijo que sólo se trataba de un plato volador y que confundirlo con un subterráneo era un disparate.  Un noticiero de TV, en cambio, afirmó que se lo había tragado la tierra.

       Les anuncié: el final no se sabe.  Me dijeron que hay un legajo, entre el papelerío de la Oficina General de Transportes de Subterráneos Perdidos, con esta carátula: “Final de un subterráneo que se carteó con un ministro”.  No quise leerlo ni tratar de localizarlo.  Pero si alguien está dispuesto a hacerlo que lo haga; cualquiera sabe en dónde queda esa Oficina de Transportes y lo único que debe hacer es pedir que le faciliten el legajo.

       Yo no lo haré.  Prefiero creer que este subterráneo tuvo suerte y que al final terminó saliendo por la cima del Aconcagua, en un día radiante de sol, tal como informó aquella publicación sensacionalista.

 Ana Subte 3

(10* El Obelisco de Buenos Aires) Horacio Clemente * Leer para descreer

El texto que sigue se publicó en 1989 por la editorial “Libros del Quirquincho” y por “Sudamericana” en 1999. Apareció también en algunos manuales de colegio. Jorge Cuello lo ilustró para la edición del Quirquincho y Chachi Verona para la de Sudamericana.

 Chachi Verona Obelisco Tapa

                                          Obelisco Chachi Verona

                                 Estas dos ilustraciones son de Chachi Verona.

 (10) “El Obelisco de Buenos Aires”

 

       La tierra es un trompo y tiene una punta. Esa punta es el Obelisco de Buenos Aires. Cuando la Tierra se da vuelta apoya el Obelisco en el cielo y así puede seguir girando.  Nosotros no nos damos cuenta porque pasa de noche, cuando estamos durmiendo.  Del otro lado de la Tierra están las antípodas, donde viven unos chinos.  Cuando aquí es de día allá es de noche.  Allí también hay un Obelisco, que es la continuación del nuestro, pero no tan alto ni tan resbaladizo.  Igual sirve para que la Tierra pueda apoyarse sobre el cielo cuando se da vuelta por ese lado.
       De manera que el Obelisco de Buenos Aires cumple una función muy importante, y si lo hicieron puntudo no fue para evitar que las palomas se posaran en él.  Adentro hay una escalera ascendente que alcanza para llegar hasta arriba.  Arriba hay ventanas que, si uno mira por ellas, ve todo el exterior.  Están para que los que llegaron hasta la punta puedan salir pasando por esas ventanas y bajar por el otro lado.  Pero afuera no hay escalera.  Por eso nadie quiere subir al Obelisco.
       Otra cosa adentro no hay, pues no vive nadie.
       Además de ser la punta de un trompo, y no un lápiz blanco como algunos creen, el Obelisco está para que le pongan una reja alrededor.  Antes de que le pusieran la reja servía para que la gente le pintara leyendas y corazones.  También sirve para que los novios o amigos vayan a esperarse ahí sin perderse; es, por lo tanto, un lugar en donde se reúne multitud de personas a pesar de la poca superficie que ocupa.
       Cuando se empezó a construir, el Obelisco de Buenos Aires fue resistido por muchos  porteños;  por  eso  salió resistente y se mantiene sin doblarse.  Pero si la punta no se le gasta a pesar de girar permanentemente contra el cielo se debe a que el cielo es esponjoso.
       Es lindo mirar el Obelisco desde muy cerca; hay que echar la cabeza bien atrás y tener cuidado de que el sol no nos dé en los ojos pues entonces no veremos nada.  De todas maneras mucho no vemos cuando miramos el Obelisco.
       No es verdad que el Obelisco se vaya afinando a medida que crece porque a los albañiles se les terminó el cemento.  Los edificios también se afinan hacia arriba y nadie piensa que sea por falta de material.  Y el que diga que los edificios no se afinan, que observe la foto de cualquier torre tomada desde la vereda.
       Además de ser la punta de un trompo, el Obelisco es el monumento más liso de Buenos Aires, el que más colabora con los editores de tarjetas postales y el único que tiene cuatro caras y ningún cuerpo.  Y si está en medio de la Avenida 9 de Julio es para que los automovilistas aprendan a esquivar obstáculos cuando marchan a toda velocidad y porque si no estaría en medio de la Avenida Corrientes.
 
 Obelisco J. Cuello
                                                                            Ilustración de Jorge Cuello